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(Vatican News).- La vida, con su belleza y sus dificultades, nos plantea una pregunta crucial: ¿qué sentido tiene nuestro peregrinaje por este mundo cuando todo está destinado a terminar? Sin esperanza en la eternidad, el peso de la realidad puede aplastarnos o volvernos cínicos, empujándonos a la resignación. San Pablo nos propone fijar nuestra mirada en las cosas invisibles, que son eternas.
La humanidad está marcada por la decadencia física, pero hay una renovación interior que se produce día a día. Todo lo que parece desvanecerse tiene en realidad un destino mayor: Dios nos ha creado para la resurrección, y esto no es una utopía, sino la lógica natural de una existencia llamada a la plenitud.
En el misterio de la cruz y la resurrección de Cristo, Dios ha llevado a cumplimiento su designio de amor. La aparente derrota del Crucificado es, en realidad, la revelación de un Padre que no renuncia a sus hijos. Esto significa que nuestra vida no se deja al azar, sino que forma parte de un plan de adopción y redención que nos convierte en hijos predilectos destinados a la eternidad. Todo lo que experimentamos -las alegrías, las penas, los logros y los fracasos- forma parte de una transformación continua, semejante a la de una semilla que, al morir, genera nueva vida. Así, también nosotros, aun atravesando el límite de la muerte, estamos destinados a una vida nueva y gloriosa.
Esta transformación no es sólo futura, sino que comienza ya ahora. En la Eucaristía, en efecto, tiene lugar un misterioso intercambio: ofrecemos a Dios nuestra vida y recibimos a cambio a Cristo mismo, que nos transforma en su amor. En cada Misa que celebramos, todo lo que somos es asumido en la vida de Cristo, que lo lleva consigo ante el Padre. No se trata de un rito simbólico, sino de un verdadero proceso de transformación de nuestra persona, que nos hace participar de la vida eterna ya en el presente.
No sabemos exactamente cómo serán las cosas al final, pero sí sabemos que lo que seremos está ya en germen dentro de nosotros. No estamos destinados a la nada, sino a un futuro lleno de esperanza. Esta certeza lo cambia todo: nuestra vida no es una película sin sentido, sino una obra escrita y dirigida por un Director extraordinario, que nos invita a fijar la mirada en la eternidad y a caminar hacia Él con confianza. Es un hecho real: Dios ha engendrado hijos, y entre esos hijos estamos nosotros. El futuro permanece ante nosotros como un designio de amor sólo parcialmente desvelado. Sin embargo, lo que vemos hoy ya es maravilloso: somos hijos amados, ciudadanos del cielo, que viven para Dios y para siempre.
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