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El presidente de Mensajeros de la Paz en Jordania denuncia que la situación de los refugiados frente al coronavirus “es trágica”
“Ya hemos empezado con la violencia”, alerta el padre Carlos Jaar, el sacerdote que preside Mensajeros de la Paz en Jordania. Amigo del padre Ángel, el fundador de esta ONG, el padre Carlos lleva casi una década acogiendo en su parroquia de Amman a refugiados procedentes de Irak, Siria, Afganistán… Musulmanes y cristianos, huidos del Daesh, conviven en armonía dentros de sus proyectos. Pero en estos días toda su rutina de trabajo ha cambiado, ante la emergencia de salud pública mundial.
“El gobierno anunció que hasta hoy tenemos 285 casos de coronavirus, pero van aumentando diariamente y creo que en dos semanas la situación será muy grave”, explica el sacerdote. “Es lo peor que puede suceder, porque la gente necesita comer y se va a mover para ello”, a pesar de que hace dos semanas que se decretó el toque de queda en el país. “De las cinco de la tarde a las diez de la mañana”, especifica Jaar, añadiendo que las horas restantes las familias sí pueden salir a comprar lo que necesitan. “El problema es que está siendo un desastre total lo del abastecimiento. La gente tiene miedo y no deja nada para los demás”. Sin descartar que haya muertes en el supermercado, el padre analiza la situación con dureza: “Están haciendo la compra los unos sobre los otros. La gente comienza a atacar para comer”.
En primera línea de batalla durante toda su trayectoria de misionero, el padre Carlos confiesa que lo que más le preocupa no es el virus, sino las consecuencias de la emergencia sanitaria: el hambre y la pobreza, que pueden ser implacables sobre una población de por sí pobre. “La parte este de la capital, el barrio de Marka, es la parte pobre y más poblada. Aquí la gente no puede comprar comida para quince días ni para una semana. Viven día a día. Si no trabajan, no comen”, cuenta el presidente de la organización en Amman.
Dedicado a los refugiados, insiste en que “más que nunca actualmente necesitan la ayuda de la Iglesia y de Mensajeros de la Paz para poder vivir, porque en Jordania ellos no tienen permiso para trabajar”. “Son proletarios clandestinos”, dice. “Me han empezado a llamar, implorándome: ‘padre, no tengo nada para mis hijos’”.
El “abuna” (padre) de los refugiados se dio cuenta de que las mascarillas en Jordania “se venden muy caro y solamente las compran los ricos, porque los pobres prefieren un pedacito de pan que una mascarilla, que son 5 dirham”. Entonces tuvo una idea que puede salvar a muchos de la enfermedad: “Invité a las madres refugiadas del taller de costura de Mensajeros de la Paz a coser mascarillas. Hice el diseño y cada día estamos fabricando unas 60”, cuenta.
Habiendo paralizado por seguridad todos los proyectos de Mensajeros en Amman (la escuela para niños refugiados, los cursos de informática, la atención en el dispensario, la cafetería para ancianos…), el padre Carlos está volcado, incansable, en la confección de estas mascarillas. “Unos empresarios se pusieron en contacto conmigo para comprarlas. En el pasado yo había escuchado hablar de los ‘comerciantes de la guerra’, pero no entendía qué quería decir esa expresión”, relata el sacerdote. “Ahora me doy cuenta de lo que es: son los que se están aprovechando de la pobreza de la gente, de la ignorancia, de la incertidumbre, del miedo…”. Suerte que el presidente de Mensajeros en Jordania se preparó a tiempo (“viendo lo que estaba sucediendo en Italia y España”) y está dedicando todos sus esfuerzos a repartir las mascarillas, gratuitamente, entre los empobrecidos.
Habiendo paralizado por seguridad todos los proyectos de Mensajeros en Amman (la escuela para niños refugiados, los cursos de informática, la atención en el dispensario, la cafetería para ancianos…), el padre Carlos está volcado en la producción artesana de mascarillas
El sacerdote, que celebra misa a solas y la transmite por internet, ha empezado a repartir comida a las familias en riesgo de Marka. “Tengo un permiso especial de las autoridades del gobierno, que saben que debo moverme para ayudar a los vulnerables”, explica.
Le preocupa que, por falta de formación, estas familias no sepan calibrar la importancia de prevenir el contagio del virus, lamentando que “el hambre no da tiempo a la gente para pensar en otra cosa”. Pide, por último, ayuda internacional para superar la propagación del coronavirus y lo que está suponiendo a los pobres la implantación del toque de queda. “La situación es trágica”, denuncia el padre Carlos.
Para enviar donaciones a los proyectos del padre Carlos:
Titularidad: fundación Mensajeros de la Paz.
Concepto: AYUDA AMMAN
Número de cuenta: ES21 0049 5104 11 2016063667
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