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Creadores y ‘Tiempo de la Creación’ (y IV)
Interioridad humana y visión de la naturaleza se funden en la trayectoria pictórica de Frida Kahlo (1907-1954). Desde que en su infancia daba paseos con su padre, quien iba pintando los paisajes que iban viendo, la artista mexicana siempre se interesó por la tierra y en sus múltiples mutaciones. Renovándose a sí misma casi como las células, en sus autorretratos (el género que durante más tiempo de su carrera abordó) se aprecia la evolución de sus entusiasmos, sus sufrimientos y de su vínculo con la tierra.
En 1925, a causa de un accidente de tráfico en Coyoacán, la joven Frida se quedó postrada en la cama por un tiempo, y se decidió a pintar, porque la convalecencia no se lo impedía. Con secuelas crónicas (no poder tener hijos, desgarradores dolores de espalda…), Kahlo se fue recuperando pero jamás dejó de estar enferma. Cambió su primera vocación (la medicina) por la de la pintura, pero no las raíces de las que salían ambas vocaciones: las de la naturaleza como permanente fuente de energía.
La obra de Frida Kahlo, tanto en sus lienzos, tablas… como en los dibujos que dejó en el diario que escribía, está desbordada de elementos de la creación. De paisajes (del exuberante tropical templado a polares y desérticos) a sistemas planetarios, la fauna que puebla el bosque (tuvo, entre otras muchas mascotas, como animal de compañía a un cervatillo al que llamó Granizo), espermatozoides… Y esa sorprendente mirada que se autoexplora como fenómeno de la naturaleza, sin ocultar líneas de expresión o el vello del que el cuerpo se compone.
Kahlo, por su estética y por lo que conocemos de su ética, también es un referente de esa ‘ecología de la cultura’ en la que por ejemplo se detiene la Laudado si’. Dio testimonio de ella al coleccionar arte funerario de Jalisco y exvotos de la religiosidad popular católica o lucir collares precolombinos. También cuando utilizaba palabras en náhuatl, la lengua azteca, preservando la cultura ancestral de la que descendía (aunque sus orígenes mestizos la entroncan también con el continente europeo). En su incidencia política, por último, una ya reputada Kahlo lideró proyectos educativos (de alfabetización, por ejemplo) para la integración cultural de la población india.
Su invierno seco fue esa enfermedad que fue cercando a la creadora. Con una honestidad frontal, F. Kahlo reflejó en sus cuadros la dura realidad de la tortura física. Pero a la vez puso al descubierto la enfermedad con dignidad, y la contraatacó celebrando la vida con humor y subversión.
Repasamos, en algunas de sus pinturas, su exploración de la naturaleza.
En una de sus primeras obras de trascendencia, Frida Kahlo pone de manifiesto la importancia que le otorga a los orígenes. Compone su árbol genealógico, en el que destacan casi tanto como las personas los elementos del paisaje: las montañas de México y, en el centro, un nopal: árbol autóctono de la zona que es una especie de insignia del país.
El señor Burbank cultivaba plantas. La autora le inmortaliza con ironía, mezclado con la vegetación de la que se ocupaba. Pero esta obra puede tener una lectura más profunda: simbolizar que las personas somos mitad alma, mitad cosmos. Que estamos integrados en una naturaleza en la que todo está enlazado, lo que tal vez significa que tras la muerte se abre más vida.
Defensora de la tierra y de quien la trabaja, cuando se casó con Diego Rivera y le acompañó a Estados Unidos Frida Kahlo conoció desde muy cerca la superficialidad del progreso técnico. En esta obra, la pintora enfrentó los símbolos de su cultura ancestral (el sol y la luna, las pirámides, las rocas, la vegetación cactácea...) a los problemas de las sociedades industrializadas (delante de los rascacielos, las chimeneas de la fábrica Ford contaminan la bandera, suspendida en el microclima urbano). “Me sublevan todos estos tipos ricos, pues he visto a miles de personas en la peor de las miserias, sin lo mínimo para comer y sin un lugar donde dormir”, escribió en una carta a un amigo, en esa época.
“Me sublevan todos estos tipos ricos, pues he visto a miles de personas en la peor de las miserias, sin lo mínimo para comer y sin un lugar donde dormir”, escribió en una carta a un amigo
Se sabe que Kahlo fue una ávida lectora que se interesó por las regiones y las religiones. En fin, por las sabidurías. Igual que en otros de sus retratos sorprende que se haya pintado en la frente un tercer ojo (que señala a los hindúes el necesario esfuerzo por mirar bien la realidad), en éste la pintora se ha retratado con una mano en la oreja (el exvoto de un milagro), una corona de espinas en el cuello y una especie de sudario. Está pidiendo no sufrir siguiendo la tradición iconográfica cristiana. Y a la vez se está rodeando de protección: el fondo vegetal, los tonos verdes de las hojas, siempre asociados a la esperanza.
Muy próxima a su prematura muerte, Kahlo empezó la década de los 50 cerrando el círculo: otra vez permanentemente postrada en la cama. Experimentando con el género de las naturalezas muertas, se llevó el paisaje al dormitorio y lamentó ir sintiéndose vegetar. Pero estos bodegones también son una declaración de amor a la vida. Una sonrisa pícara, que no ignora que la muerte viene. “Variedad del uno”, dejó escrito en sus diarios. “Llamada a veces dios- a veces libertad a veces amor (···) madre - hijo - planta - tierra - luz - rayo - etc - de siempre - mundo dador de mundos”.
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