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Creadores y ‘Tiempo de la Creación’ (I)
Ha pasado a la historia con un sobrenombre que es su lugar de procedencia; que es, al fin y al cabo, tierra. Leonardo Da Vinci (1452-1519) no envejece con el paso de los siglos, y tampoco su profunda conexión con la naturaleza, que se empeñó en descifrar durante toda su vida. Artista asombrosamente versátil, Leonardo fue un descubridor no solo en materia de pintura, sino en múltiples disciplinas vinculadas, de nuevo, a la creación. De la física a la geografía, de la hidráulica a la botánica, de la óptica a la anatomía, el de Vinci amó la tierra, el cielo y sus criaturas y se sirvió de la técnica para asomarse a ese mundo que parecía el invento perfecto.
Inquieto, rebelde y poco a poco reconocido y muy demandado por los poderosos (pues era capaz de proyectar fortificaciones, máquinas, cartografías…), se sabe que Leonardo Da Vinci viajó a Mantua, Venecia, Urbino, vivió en Florencia… y murió en Francia. Curiosamente, está datada su excursión a los Alpes (en 1508). Algo que no sorprende si se contemplan sus cuadros: el maestro italiano amaba las montañas.
Adelantado a su tiempo, Leonardo estudió las corrientes de agua y aire e incluso la atmósfera, siempre mirando la naturaleza como una realidad cargada de misterio. En sus investigaciones científicas, la examinó como un cirujano. Pero en su pintura la disfrutó pincelándola, re-creándola, plasmando la admiración que sentía por el cosmos. En paralelo al método (Leonardo se consideraba ciudadano de una sociedad que puso el foco, orgullosa, en la razón), una espiritualidad innegable recorre su obra pictórica, como demuestra la siguiente selección.
Se trata de una escena religiosa, pero el artista sorprende otorgándole relevancia a lo que debería ser secundario: frente a Jesús y San Juan, los ángeles y el paisaje. Leonardo demuestra en esta tabla cómo observa la naturaleza para después imitar sus colores, sus sombras, sus formas… e incluso el “aire”, que recorre el espacio imaginado sobre las dos dimensiones. Al fondo se intuye un elemento clave dentro de su obra: un relieve montañoso.
En el centro de la composición, entre la estructura triangular del ángel y la de la Virgen, los protagonistas son el cielo y las montañas. Testigos de la escena, los elementos de la naturaleza vuelven a ser la captura del pintor, que dedicó manuscritos enteros a dibujar el vuelo de los pájaros y acompañó las escenas de devoción de la belleza de los árboles y los horizontes.
Siguiendo un patrón que se repetirá a menudo, un paisaje montañoso aparece en este cuadro de Da Vinci vinculado al amor materno-filial. Mientras el abrazo de las figuras sucede en paralelo a la conexión de la tierra y el cielo, la luz se funde con el relieve y las montañas adquieren tonos azules. Así celebra el pintor la armonía de los seres, la crianza, el universo en el que todo está enlazado.
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