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Creadores y ‘Tiempo de la Creación’ (II)
Un año después de la muerte de Vicent Van Gogh, un enfermizo pintor francés comenzaba una larga serie de cuadros dedicada a una misma montaña, la Sainte-Victoire. Su rincón preferido de la geografía tenía nombre de santa y, al revés, todo lo que rodeaba a Paul Cézanne (1839-1906) remitía a la naturaleza. El territorio que habitó en la Provenza (Aix-en-Provence, L’Estanque…) e incluso Hortense Fiquet, con quien se casó y formó una familia.
Ni los síntomas de la diabetes ni la incomprensión de la gente detuvieron nunca el instinto que llevaba a Cézanne a afanarse en pintar el paisaje y aprender de la creación. Nacido curiosamente a la vez que la fotografía, el artista fue un pionero del caballete al aire libre. Entrando a trabajar muy joven en un banco, por mediación de su familia, no tardó en rechazar las comodidades por la ilusión de pintar lejos de la ciudad.
Rehusó participar en las exposiciones de los impresionistas, desertó de París, de la fama y de la menos ambiciosa comprensión siquiera de los amigos (E. Zola, que le apreciaba, no supo sin embargo admirar su trabajo). Y volvió a Aix, donde casi ya a principios del siglo XX acudirían los jóvenes pintores, peregrinando a la cuna del viejo y fascinante Cézanne.
Huraño para las relaciones pero dulce para aplicarle óleo al lienzo, parece que el pintor vivía en una soledad que ha sido comparada, en muchos textos, con la de un monasterio. Sin embargo, no se le conoce pintura religiosa (tal vez solo La tentación de San Antonio): lo que él celebró no fue más relato que el del mar o el de las frutas… Sus múltiples bodegones reflejan las que le ofrecía su cotidianidad (manzanas, peras, naranjas), bien perfiladas en sus detalles: de la madurez de la piel a la geometría innata con la que salen de los árboles. Cézanne murió de complicaciones derivadas de pintar al aire libre. En el estudio de su casa-museo, en Les Lauves, hoy se conservan los elementos que conformaron sus naturalezas muertas, y un crucifijo de pared. Repasamos algunos de sus mejores paisajes.
Cézanne pintó las casas de la localidad integradas en la naturaleza de una manera que parece inofensiva y que le deja el protagonismo a todos sus elementos: el cielo, las colinas, la costa. Y un aire que también parece percibirse. El color, por su parte, se entiende sin discusiones con el dibujo, y el contraste de los naranjas y azules vibra.
Paul Cèzanne terminó esta obra en el año en que en Francia se hizo realidad la separación de la Iglesia y el Estado. Como le ocurrió a Monet con las ninfeas de su jardín, el tema de las bañistas ocupó la pintura de los últimos 30 años de vida de Cézanne. Una suerte de muñeca rusa de triángulos es el eje de la composición, atravesada por la horizontal de la tierra anaranjada. Los troncos de la arboleda enmarcan la escena, como si la vida humana fuese una (deliciosa) obra de teatro.
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