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La Vanguardia entrevista al abad de Montserrat tras la publicación del informe sobre abusos
(La Vanguardia).- La difusión, este viernes, del informe de la comisión de investigación sobre los casos de abusos sexuales en Montserrat pone fin a un periodo convulso para el monasterio benedictino. Ahora, el abad Josep Maria Soler también rompe el silencio de estos meses para valorar las conclusiones y el impacto que ha tenido todo el escándalo.
En la misa de este domingo [hoy], día de la Virgen, que es nuestra fiesta mayor de Montserrat y que presido yo mismo, pienso repetir esta petición de perdón y de consternación, mía y de toda la comunidad. Y si hay que repetirla, volveremos a hacerlo.
No es fácil. Pero si una víctima se pone en contacto con nosotros, por una parte hay un diálogo: se le pide perdón por el mal hecho y disponibilidad por si hay que ayudar de alguna otra manera. Yo he hablado con dos víctimas y hay una tercera con quien nos tenemos que ver.
Ya existe un protocolo desde hace unos años en la Escolania, basado en el de la Generalitat para las escuelas y en el que tiene la Escuela Cristiana. Lo que ahora hemos empezado a pensar, para tenerlo pronto a punto, es en un protocolo para todas las actividades que se hacen en Montserrat donde intervengan menores. Por otra parte, hemos pensado nombrar un delegado o responsable de protección de menores, el nombre se tiene que acabar de concretar, que no sea un monje. También habrá una dirección electrónica para todo el mundo que tenga algo que denunciar. De momento continúa activa la dirección facilitada por la comisión.
Todo el mundo que ha querido hablar con la comisión lo ha podido hacer. Han sido doce personas, de las cuales ocho han pedido una entrevista con alguno de los miembros, incluyendo Hurtado, el primer denunciante, que se entrevistó con la psicóloga. Creo que se han sentido atendidas, y eso es positivo. El daño que se ha hecho, tal como dice el documento, unos lo viven de una manera y otros de otra.
Globalmente se ha hecho daño, y aunque se puede reparar un poco, es como cuando se ha roto un jarrón: aunque lo puedas volver a pegar siempre se notará que se ha roto. Persiste el daño, con unas consecuencias.
Se puede decir que en aquel momento fallaron mecanismos de control y que por lo tanto no se actuó como se tenía que actuar. Y si volvemos a pedir perdón es no sólo por el daño cometido a las víctimas, sino porque hubo un fallo.
Son contradicciones no excesivamente importantes, pero existen. Ahora bien, hay que tener en cuenta que uno de los dos tiene 86 años y toma una medicación fuerte, y siendo algo que pasó hace tantos años no es fácil recordar los detalles.
Por dos razones: esta persona tiene cerca de 90 años y es para respetarlo, y porque se podría confundir con un monje más joven con quien coincide el nombre y las primeras letras del apellido.
Efectivamente. Se marchó en 1980, está casado por lo civil y tiene un hijo ya adulto. Me he entrevistado con él y ha reconocido dos casos de abusos.
Seguramente, a pesar de que déu n’hi do cómo se actuó. Cuando el abad Cassià Just lo supo llamó a los escolans de la promoción 1964-1968 uno por uno y después a los padres. Y, a raíz de este testimonio, sacó al monje de la Escolania y lo envió al Miracle. Después estuvo un tiempo en Francia estudiando, y aunque vuelve al cabo de unos años, no a lo hace a la Escolania, y finalmente decidió marcharse.
Al principio, por una parte era la palabra de la víctima, que de entrada creí, contra la del monje, que explicaba los hechos de otra manera. Me enteré por una carta de la madre y yo pedí una entrevista con el chico, pero no vino hasta al cabo de dos años. Entonces este monje estaba muy delicado del corazón y empezaba diálisis. Y a la comunidad no le expliqué las causas por las cuales lo enviaba al Miracle. Sólo unos cuantos monjes lo sabían, y el director de Publicacions, no. Sobre los libros de la editorial, el director tiene total libertad para escoger, y hasta que salen a mi no me consta. El libro aparece en el 2007, impulsado por un grupo de escoltes que estaban contentos con la gestión del hermano Andreu, que murió el año siguiente. De haber ocurrido ahora quizá sería más cuidadoso y también explicaría el hecho a los de la editorial. Hurtado tiene razón cuando se queja de los elogios del libro hacia el monje. Comprendo que para él y las otras víctimas ha sido doloroso. Ciertamente fue un error no haber evitado la salida de este libro. Pero yo no lo supe hasta más tarde.
Este es un tema no sólo de Montserrat, sino de todos los seminarios y congregaciones religiosas. Ahora, sin embargo, y desde hace unos años, para entrar se exige pasar un test psicológico y una valoración de personalidad con el fin de conocer el proceso de maduración afectiva del candidato. En algún caso se ha recomendado hacer terapia psicológica antes de entrar. Cuando entraron estos dos monjes eso no existía. Ahora los mecanismos que hay creo que son suficientes. Hay entrevistas previas con el maestro de novicios, se hace un año de postulantado, dos años de noviciado, que tiene que acabar aprobando el consejo de gobierno de la comunidad formado por seis monjes y el abad, y para el primer compromiso definitivo se necesita el voto de toda la comunidad.
El primer contacto fue en el 2016, con una entrevista con el arzobispo Lluís Francesc Ladaria, un jesuita mallorquín entonces secretario de la Congregación de la Doctrina de la Fe, ahora prefecto, a quien conozco. Le expliqué el caso del que teníamos constancia, pero como el monje ya estaba muerto y estábamos acompañando a la víctima, ellos no tenían nada más que decir. A raíz del lío de principios de año vuelvo a enviar toda la documentación a la Congregación de la Doctrina de la Fe, y me contestan que como el hermano Andreu no era sacerdote no dependía de ellos sino de cada monasterio y del abad de la congregación. Ahora, desde hace un mes o dos, ha cambiado el protocolo y se tiene que enviar a la Congregación de Religiosos.
Enviaremos las conclusiones a la Congregación de la Fe, aunque no les corresponde, y a la Congregación de Religiosos, que ya lo saben de palabra. Ante este conflicto algunas personas pidieron mi dimisión, pero la Santa Sede, por medio del nuncio, me transmitió que no tenía que dimitir.
No sé si se puede decir que ha sido así; incluso pienso que cierta prensa que podría haberse aprovechado no lo hizo. Algún medio quizá sí, pero la mayoría no. Ha habido gente que me ha dicho que detrás había una campaña, no tanto contra Montserrat, sino contra la Iglesia católica.
Mucha gente me ha expresado solidaridad hacia la comunidad y su apoyo hacia la misión que tenemos. También de fuera de Catalunya. Es cierto que algunos hacían la lectura de que era una campaña contra Montserrat. Y podía haber razones para hacerlo, pero no tengo ninguna prueba.
No. Creo que he actuado como debía, y si es necesario lo volveré a hacer como servicio al país. E incluso antes he dicho que no tenía pruebas de posibles campañas, pero ciertamente alguien se frotaba las manos. He actuado en conciencia y aconsejándome. No tengo que callar más por lo que ha pasado.
He reflexionado después de leer algunos comentarios, que se van repitiendo. Es cierto que a veces el diálogo parece imposible y las condiciones son difíciles. Pero yo, por mi talante y para seguir los criterios de la regla de Sant Benet sobre resolución de conflictos y sabiendo que estoy en una casa fundada por el abad Oliba, soy partidario de hacer un llamamiento a los responsables de los conflictos para que traten de encontrar una salida... Me parece que todavía hay margen para pedir el diálogo.
Diría que no nos tenemos que dejar llevarse por la visceralidad, sino por la razón, con reacciones constructivas que hagan el bien al conjunto de la ciudadanía.
No sé si infringe algún principio democrático, hay que respetar a la justicia. Pero muchos juristas, tanto del mundo docente universitario como de los que están en tribunales, consideran que la prisión preventiva en este caso es excesiva.
A veces los mismos presos no quieren el indulto porque supone reconocer la culpa. Pero, ciertamente, habrá que hacer todo lo posible para sacarlos de la cárcel. Si se tiene que rebajar tensión y empezar a construir el diálogo, algo habrá que hacer.
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