Años después, la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal no ha tenido la decencia de invitar a las víctimas a hablar en la Casa de la Iglesia, preguntarles qué necesitan, y cumplirlo. Así de simple. No se pedía, ni se pide más
Los obispos españoles ostentan el honor de ser el único episcopado del planeta que, en lugar de tomar conciencia de un problema real, se dedica a escarbar posibles denuncias falsas (algún día habrá que contar qué despacho de Añastro estaba al tanto de las andanzas del colectivo de supuestos católicos que inventan historias de violaciones que otros, muchos otros, han sufrido en sus carnes), encastillarse en una defensa numantina de su virtud y echar la culpa al empedrado. Nota al pie: el empedrado son las víctimas de pederastia clerical
Cuando por fin la presión mediática, social y política y, también (también) el impulso del Papa Francisco obliga a la Conferencia Episcopal a hacer lo que siempre se negó a hacer: investigar, pedir perdón, reparar… siempre encuentra la manera de no hacerlo. O de hacerlo, pero a su manera. No nos vayan a marcar el paso los ‘enemigos’
Mirando a los ojos de las víctimas, uno no puede dejar de pensar si los responsables de la CEE podrán celebrar el nacimiento sin sentirse culpables por todos los niños violados, y olvidados. Por todo el dolor causado, y redoblado con actuaciones como la de hoy