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“Obispos faraones” hay muchos. Lo ha dicho el papa
De “boutade”-sandez, simpleza o inconveniente- tildaron no pocos la frase, que ya en los primeros escarceos de sus caminos pontificios pronunciara el papa Francisco. Huelga referir que entre los destinatarios de tan programática y cristiana elocución, o modo de hablar, que es se hallaban presentes los 5,364 obispos católicos, apostólicos y romanos del censo canónico de entonces, con acento y mención especial para quienes certeramente constituirían el “Colegio” por antonomasia, que es, se llama y actúa como “Cardenalicio”.
Las palabras del papa, y el tema en general relativo a la jerarquía eclesiástica y a su ministerio-ejercicio, merece atención, desde perspectivas “divinas y humanas” , con sabor-olor a liturgia y a santo Evangelio.
¿Obispos, sucesores de los Apóstoles? Es -será- el punto de partida de la reflexión, pese a la aceptación incuestionable por parte de algunos teólogos, sobre todo “de oficio”. ¿Puede aseverarse con honradez que todos los obispos, de todas las diócesis, por el hecho de serlo y haber sido nombrados -que no elegidos- sin participación alguna del pueblo , y en ocasiones hasta con sobrados motivos para no haberlo sido jamás, o para ser removidos “quam primum” y “némine discrepante”, a no ser por su condición de privilegiados beneficiarios acogidos a su benevolencia y por el uso y abuso de sus incensarios?
La aseveración de que los 5,364 obispos fueron y son “Sucesores de los Apóstoles”, rebasa con creces el número de los DOCE del primer colegio, en el que por cierto , uno era de procedencia “iscariota”, además de traidor.
“Obispos faraones” hay muchos. Lo ha dicho el papa. Y quede constancia de que su “faraoneidad ni se centra ni se incluye exhaustivamente en la ornamentación litúrgica con que se visten y revisten en lugares y momentos que se dicen “sagrados”, pertenecientes irremisiblemente a tiempos achacosos pretéritos , hoy escandalosos, indecentes –“non decet”- , además de absurdos.
La condición faraónica se mantiene, se justifica y expresa con mayor contundencia y claridad en el “¡ordeno y mando¡”, en el ejercicio del poder, superioridad, arbitrariedades y autoritarismos y en la convicción de que tal es la voluntad de Dios, mientras que los otros -laicos y laicas- habrían de limitarse a ser y ejercer de siervos, siervas, esclavos o esclavas a tenor de los nombres , sobrenombres y exigencias ascéticas de la Congregación u Orden Religiosa que los -las- encobija , salva y protege.
No está de más referir que la Conferencia Episcopal Española -CEE- cuenta con el índice más alto de “obispos inmovilistas de Europa y de Hispanoamérica. Así lo relatan las estadísticas -“palabra de Dios”- avaladas con el testimonio diario de declaraciones y comportamientos de obispos, cuya misión de algunos parece reducirse a defenderse del laicado de sus “embestidas”, en reciente frase antológica del Primado de Toledo.
Tampoco está de más dejar transparente y veraz constancia de que con frecuencia, el mentado grupo de “santos inmovilistas y conservadores”, no sólo ni fundamentalmente objetan y adoctrinan, por ejemplo, acerca de la homosexualidad , el feminismo, la inmigración musulmana el aborto, eutanasia y otras cuestiones. Los Excelentísimos y Reverendísimos inmovilistas mentales no pierden la ocasión de defender con alma, vida y corazón e idéntico o similar ardor, el estatus de privilegios en el que están instalados, con leyes, normas, tradiciones y pactos “concordatarios”, inmatriculados , necesitados de reforma y de mayor y más generosa disponibilidad a favor del pueblo, de modo especial por el más vulnerable, como en el caso de los pobres y de la mujer por mujer.
“A la sombra de la cultura tradicional se han cometido y cometen barbaridades e hipocresías reverendísimas que despojan al colegio episcopal de credibilidad, culto y cultura”, tal y como apuntan algunas conclusiones sinodales, con esperanzas decisivamente “franciscanas”, y al margen y en contra de innobles y abyectos clericalismos.
Obispos y faraones es ecuación frecuente en liturgias y paraliturgias fastuosas, al igual que en el Código de Derecho Canónico por cuyos expertos y afines suelen apostar todavía algunos Nuncios de SS., para cubrir –“tapar o encubrir”- las sedes catedralicias desde las que adoctrinar al pueblo, con desprecio flagrante de que lo que de verdad este necesita, no son discursos ni paráfrasis episcopales, sino sus comportamientos y ejemplos de vida cristiana.
En tan alta, evangélica y evangelizadora misión, sobran, por ejemplo, las mitras, además de los palacios.
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