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"Lo doctrinal corre el peligro de anquilosarse"
Una Iglesia discipular nos remite una y otra vez a la persona de Jesús, al maestro de cuya palabra se obtiene la orientación fundamental para la vida y las decisiones trascendentales. Hacerse su discípulo requiere la actitud de escucha atenta al evangelio de la Buena Noticia del Reino, siempre nuevo y actual. Para abrazar su novedad es necesario ser también nuevos y nuevas.
De ahí que la tarea de la Iglesia sea primero la de estar poniendo una y otra vez el oído y todas las facultades para ser audiencia de la novedad de Dios. Los sinópticos presentan la invitación de Jesús a esa novedad que es Él mismo y su mensaje (Mt 9,14-17; Mc 2,21-22 y Lc 5,33-39), de suerte que el objeto que se muestra para nuestra comprensión, adhesión y confesión, continuamente se está modificando, una especie de círculo hermenéutico donde nuestra escucha de la palabra retroalimenta nuestra fe.
En buena medida el Sínodo es un contexto privilegiado en que la Iglesia busca auscultar en el modo de vida de sus fieles, y en los signos de los tiempos, esta novedad de Dios, que de algún modo dice presente en la vida persistentemente novedosa del ser humano. Por eso, siempre los contextos, más que una cuestión de lugar, son esencialmente un dinamismo en situación.
Una Iglesia sometida al “vaivén” de lo humano y lo divino, es una comunidad siempre confesional, suplicante y sostenida en la providencia de lo que Dios asegura. Hombres y mujeres que se saben en la provisionalidad de su propia fe y anhelan y buscan seguir profundizando en la voz de Dios que habla a todos.
"El Dios de Jesucristo no es una especie de amuleto o talismán ajustado a nuestras comprensiones humanas o al utilitarismo de nuestros deseos"
La fe es una continua desinstalación de los modos de vida o zonas de confort en lo que muchas veces puede terminar la praxis cristiana. La obra del Espíritu opera una especie de desestructuraciones tendentes a reinstalar nuevos datos, informaciones, exigencias, valores, actitudes y gracias, de modo que informen la vida de la persona creyente y así responda a sus inquietudes más acuciantes.
Cierta novedad puede parecerles a muchos “herética”, de hecho esa era una de las sospechas que despertaba Jesús entre los maestros, doctores y entendidos de entonces. Resistirse a la novedad de Dios es sin duda indicio de otra cosa, para nada ortodoxa: idolatría.
Bernard Lonergan explica el origen de las doctrinas a partir de la vida de fe de los creyentes, volviéndose una normalización de los juicios de valor para ulteriores decisiones o sujeciones prácticas. Tomo esta definición justamente para significar la relación estrecha entre doctrina y vida de fe, cómo ambas se informan y modifican mutuamente.
Lo doctrinal corre el peligro de anquilosarse en lo definido, y el Dios de Jesucristo no es una especie de amuleto o talismán ajustado a nuestras comprensiones humanas o al utilitarismo de nuestros deseos, es el Dios desconcertante de Abraham, cuyo Espíritu hace nuevas todas las cosas.
Por tanto, no nos queda otra cosa que asistir a una comprensión del Sínodo de la Amazonía, y los demás sínodos por venir, como don pentecostal en el que Dios hablando, a la Iglesia y sus fieles, con el escándalo del Evangelio, demanda de nosotros el obsequio de nuestra total adhesión o confesión de fe.
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