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La liturgia de la Iglesia demanda reorganización, culto y cultura
El principio, en este caso, coincide con exactitud con las definiciones académicas de “signo” y de “símbolo”, dando por supuesto el ámbito de lo eclesiástico. La RAE refiere con autoridad y semántica, que “signo –señal- es lo que representa, sustituye o evoca en el entendimiento un objeto, un fenómeno o una acción”. “Símbolo es el objeto material que representa una realidad inmaterial, mediante una acción socialmente aceptada”.
Al afrontar el tema, subrayo la idea y la praxis de que signos y símbolos que se dicen y presentan como “sagrados”, hay muchos, tanto en la teología como en la liturgia. Muchos, y además “in-significantes. Demasiados, y con necesidad urgente de revisiones profundas, a la luz de la fe y de la cultura en general.
Signos y símbolos que no dicen nada, o que lo que dicen resulta ser contrario a lo que cree y piensa el pueblo, dejan automáticamente de ser “palabras”, y menos “de Dios”, con lo que la confusión imposibilita toda convivencia y más la religiosa. Si añadimos a esto que los ritos, las ceremonias, las reglas, el incienso, los títulos los ornamentos y la mayoría de los gestos como las genuflexiones, obnubilan ambientes y recintos, el misterio y la magia prevalecen sobre cualquier otro mensaje o palabra, que pudiera ser portadora de evangelio, de luz y esperanza…
En la Iglesia y en el ministerio de la evangelización, sobran hoy ceremonias ritos, signos y símbolos. Con ellos vigentes, y tan respetuosamente “observados”, -“bajo pena de pecado, grave o leve, según-, no es posible ni la acción pastoral ni la ministerial.
Algunos ejemplos, entre tantos, podrán ayudarnos en la reflexión, con explícitas referencias a los obispos, al menos en teoría, los liturgos “oficiales” de tan sagradas “funciones” públicas “religiosas”.
Conociéndose hoy la procedencia, el sentido y el significado de las mitras, paganas, guerreras e imperiales por excelencia, ¿qué otro destino podría aplicárseles distinto al de coleccionarlas en museos de antigüedades o, simplemente quemarlas, en reparación de cuantas fatuidades o barbaridades se hayan perpetrado con ellas, colocadas en “cabezas mitradas” y con sus correspondientes y mágicas filacterias…?
¿Qué aplicación podrían reservárseles a los báculos, que tal y como se financian, se presentan, decoran, enjoyan y usan, cualquier referencia con lo “pastoral” es impensable, y pura y esperpéntica coincidencia? ¿Es posible y sensato explicarles a los propios pastores, y más a los que “huelen a oveja”, el sentido y el contenido de los báculos de sus respectivos obispos diocesanos? ¿No llevaría consigo tal gesto una ofensa y una profanación del oficio pastoril al que dedican sus vidas, al igual que hicieron sus padres y posiblemente habrán de hacer sus hijos? ¿Cuántas necesidades sociales pudieran haber ayudado a resolver, o a mitigar, las devotas inversiones en báculos?
La reflexión sobre los anillos episcopales recorrería caminos similares. Más que ellos –los anillos-, precisan besos, indulgenciados o no, las manos y los dedos de quienes los portan y ciñen, en gestos de bendición santa y sacralizada. ¿Pero de qué fidelidad y “alianza” son signos estos anillos? ¿De la Iglesia en general, o acaso de la suya, es decir, de la diocesana? ¿Y qué pasa cuando los caminos de los ascensos inherentes a la “carrera eclesiástica” aconsejen, o “impongan”, los traslados a archidiócesis, y más a las “acardenaladas”, con capas magnas de cinco metros de cola y hebillas ricamente enjoyadas?
El soberanismo, con residencias palaciegas, nobles y ambiciosas, con arco o sin arco para el acceso a su catedral, así como el consiguiente jerarquismo, resultan ser fuentes de profanación, con la seguridad añadida de que, después de muerto, su cadáver esperará la “resurrección de la carne y la vida perdurable” en el sacrosanto recinto de las catedrales y no en el cementerio –“dormitorio”- de sus diocesanos…
La liturgia de la Iglesia demanda reorganización, culto y cultura. Los cuentos no cuentan ya, y menos los que de alguna manera se relacionan con la Eucaristía, la comunión de los santos y la vida eterna. Conste que las explicaciones “piadosas” que se les confieren a los citados signos y símbolos no pueden ser más aberrantes, abstractas, tontorronas, risibles y absurdas, ofensivas para los creyentes y los no creyentes.
Por fin las tiaras pontificias –“gorro alto usado por el papa, formado por tres coronas y rematado por una cruz sobre un globo”, o “sombrero alto usado por los persas y otros pueblos antiguos”- pasaron ya a mejor vida, desapareciendo su uso del ritual eclesiástico… Algo es algo, y por algo se empieza, con la respetuosa satisfacción de que “la esperanza es lo último que se pierde” y más en los tiempos “franciscanos” que, por ahora, podemos vivir…
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