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¿Por qué Dios se hizo hombre?
Nunca olvidaré el sentimiento que me invadió en la primavera de 2003 en una misa dominical con música de Mozart en la hermosa iglesia franciscana de Salzburgo, cuando se cantó la secuencia "Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine, et homo factus est" y se repitió varias veces el último movimiento. Sí, el misterio de la Encarnación constituye la singularidad del cristianismo en la historia de las religiones: es el punto central de la fe cristiana.
La respuesta al "Cur deus homo" (por qué Dios se hizo hombre) pertenece desde el principio a las cuestiones centrales de la teología cristiana. Hay muchos intentos de respuesta, como la doctrina de la satisfacción de Anselmo de Canterbury (†1109) sobre la base del código de honor germánico, según el cual sólo el hijo-víctima podía ofrecer al padre la "satisfacción" adecuada por el pecado de Adán; o la teoría del “homme de lettres” franco-americano René Girard (†2015), según la cual sólo Jesús, el cordero expiatorio voluntario y absolutamente inocente, podía revelar la espiral latente de violencia en la historia de la humanidad y, al mismo tiempo, romper el mecanismo sacrificial del chivo expiatorio.
Siempre me ha atraído más la tradición mística del "intercambio maravilloso" (Dios se hace hombre para que el hombre crezca mejor a semejanza de Dios), que ya se encuentra en los Padres de la Iglesia y que el Concilio Vaticano II subraya en un lugar central, cuando dice que “el Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre" (GS 22). "Con todo hombre", no sólo con los católicos, no sólo con los cristianos. Por eso, el Papa Francisco dice con su humor argentino que Dios no es católico. Porque esta unión es universal como la vocación divina del hombre ya dada con la creación, y que ha sido aclarada y reforzada con la encarnación.
En la tradición mística, Dios se hace hombre para que se reconozca mejor ”la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre" (Tito 3,4); se asemeja a nosotros y toma nuestra naturaleza, porque la similitud entre los amantes es la ley del amor. Por eso el doctor místico Juan de la Cruz cantó el “maravilloso trueque” en la noche de Belén con estos grandiosos versos:
“¡Oh noche que guiaste! ¡oh noche amable más que el alborada! ¡oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada!”
El hecho de que el amante (Dios) se haya unido a su amado (la naturaleza humana, todo ser humano) en esa noche, "amable más que el alborada", es la condición para que podamos conformarnos con él si tomamos en serio nuestra vocación divina y seguimos su huella. Por eso el místico añade: "lo que pretende Dios es hacernos dioses por participación, siéndolo Él por naturaleza; como el fuego convierte todas las cosas en fuego".
Como seres humanos, no debemos conformarnos con menos: ¡tan sublime es nuestra dignidad! (¡Aquí es donde está una de las raíces de los derechos humanos!). Pero para ello se necesita una gran humildad en la práctica del autoconocimiento con el conocimiento de Dios... y la aceptación "libre" de que Él nos modele constantemente a su imagen y semejanza.
Les invito a tomar ocho minutos para escuchar atenta y contemplativamente la mencionada secuencia de la Misa de Mozart (cantada aquí por Arleen Augen con la Orquesta Sinfónica de Radiodifusión de Baviera dirigida por Leonard Bernstein en 1990).
*Mariano Delgado, decano de la Facultad de Teología de Friburgo
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