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"¡Gracias, don Gabino! Dios le tiene en su gloria"
Con toda clase de indulgencias y 'placet', copiados verazmente de los santos evangelios, de don Gabino Díaz Merchán, arzobispo emérito de Oviedo, recientemente fallecido, puede y debe aseverarse que encarnó a la perfección el ideal de miembro de la jerarquía eclesiástica trazados, a su tiempo, por el Concilio Vaticano II, con plenas garantías , actualidad, humildad, humanidad y capacidad de servicio.
Era el único obispo todavía viviente en España, en cuyo curriculum destacaba la activa presencia en el citado Concilio y, por supuesto, con los acentuados rasgos juveniles que presagiarían tan santa reunión episcopal, a la que fueron convocados todos los demás procedentes de España, de los que apenas si cabe decir benevolentemente que fueron sorprendidos “con el pie cambiado”.
El Nacional Catolicismo, vivido por ellos con identificación sagrada con el Régimen, el triunfalismo eclesiástico, “a sus órdenes, bajo palio y en el nombre de Dios”, declaraciones oficiales de Cruzada, no podían dar para más, con excepción de don Gabino y alguno que otro, que hubiera escapado de los rigurosos seleccionadores de las ternas de los aspirantes, a las cátedras -catedrales- de España, sobre todo en calidad de arzobispos y “Primados”.
Pese a la “Cruzada” y a sus estertores y además y sobre todo, pese a al suplicio al que los dos papas siguientes al Concilio se tomaron a pecho tachar, o prescindir, de decisiones, adoctrinamientos y estilos pastorales y de gobierno del mismo, milagrosamente don Gabino pudo sortear dificultades “humanas y divinas”, y ejercer los cargos que les fueron encomendados siempre con rigor y santo evangelio.
La última noticia personal que tuve de parte de don Gabino fue una llamada del director de la Casa Sacerdotal de Oviedo en la que residía, con el aviso de haberle señalado mi nombre de su agenda, para que me enviara un saludo y recuerdo.
Aparte de la colaboración mutua en Acción Católica como Consiliarios de Mujeres, y de mis actividades como “informador religioso” en los distintos medios de comunicación social, mi trato con don Gabino se “celebró” repetidamente en el “Metro” de Madrid -línea 9-, en cuyo tramo hasta la estación de El Barrio del Pilar recorrimos juntos más de una vez “porque no he querido comer hoy con el resto de los obispos reunidos en Añastro -Casa de la Iglesia-, y prefiero venir a casa de que sobrina que vive en este barrio y después saco su perrito a dar una vuelta por las calles cercanas…”
¡Gracias, don Gabino! Dios le tiene en su gloria. Esta-la gloria- estuvo y estará sempiternamente donde esté usted. Y más y mejor sin las púrpuras cardenalicias de las que sobradamente fue acreedor a no ser porque indebidamente alguien pensara lo contrario.
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