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La memoria de este trágico capítulo
Dejando por ahora que “las mitras entierren a las mitras” –que no a los “mitrados”- (por estar convencido de que les restan pocas cuarentenas litúrgicas a tales adminículos), el eje de estas reflexiones es otro, también de suma importancia en la historia de la Iglesia y de la humanidad, relacionadas con los “coronavirus” y elementos adyacentes.
Sin exageración alguna se advierte que a nuestra generación le ha correspondido vivir uno de los capítulos más trágicos, misteriosos e indomables de su ya larga existencia, con necesidad urgente de construcción- reconstrucción en conformidad con las ideas y ejemplos arrancados del santo evangelio.
Conscientes de la existencia de acontecimientos de tanta relevancia, los responsables de la sociedad en sus esferas diversas, elucubran modos y medios para dejar clara y sempiterna constancia de estos recuerdos y en agradecimiento a quienes de alguna manera fueron los protagonistas, con la entrega de sus propias vidas, convertidos en mártires –testigos de su profesión o condición natural, tanto personal como colectivamente. Se anuncia ya, por ejemplo, la dedicación de un puñado de días, -“los de mayor luto en la historia nacional”- así como, en su día, organizaciones de actos y ceremonias en los pueblos y ciudades, sin miramientos religiosos y cívicos presididos por el Jefe del Estado y representantes máximos de la sociedad. La reciente concesión del premio “Princesa de Asturias”, lo proclama “némine discrepante”, con todo fervor y reconocimiento.
De entre tales ideas religiosas, y con perspectivas “católicas, apostólicas y romanas” prevalentes en España, algunos –los más- apostarían por la solución de que fueran declarados y “elevados al honor de los altares”, santos, a quienes de alguna manera participaran, o tuvieran relación, con la referida pandemia, cuyo número de afectados está por determinar todavía, no se sabe si por exceso de vergüenza o por falta de ella.
La elevación a los altares –hasta de los mismos cuerpos- de sus héroes, fue común en las culturas y religiones de los más antiguos pueblos, por lo que, en los tiempos primeros de la Iglesia se aceptó tal gesto, sin ninguna discrepancia, siempre y cuando hubiera sido el pueblo-pueblo el inspirador y dispensador de tal distinción y título a la persona o grupos concretos y determinados. El pueblo- pueblo fue el que “canonizó” y declaró “héroes” y ejemplos de vida y comportamiento, aupándolos a los altares y a las páginas de los “Santorales” y “Años Cristianos”. Los mártires no necesitaron más reconocimientos, aunque sí a los “confesores”. Las autoridades episcopales se limitaron a sancionar, y a conferirles tal categoría a quienes a ellos se hubiera encomendado el pueblo - comunidad o iglesia, sin más requisitos o especulaciones.
Como era de esperar, contando de por vida y muerte, con lo de la “fragilidad humana”, los abusos se hicieron presentes en la promoción y declaración de los “santos” por parte del pueblo y de sus “señores” , por lo que las curias diocesanas y más tarde solo la Romana, fue la institución u organismo que acaparó tal designación con los procedimientos y procesos formulados según las legislaciones eclesiásticas y los rituales litúrgicos, con lo que los abusos no desaparecieron, sino que se acrecentaron hasta cotas impensables. De estos hay plena documentación y constancia referentes a las “compras” –sí, compras- de “elevaciones a los altares” , con merecimientos y “milagros” de procedencia más que dudosa, previo pago a quienes debieran haber sido “vigilantes” (en griego “episcopos”) en los correspondientes dicasterios.
“Santos ¡YA¡” para los muertos en los altares sacrificiales de los “coronavirus” y para quienes –familiares, amigos y santos de la casa de al lado”- entregaron su tiempo, sus vidas y su profesión en socorro de los enfermos, muchos de ellos a consecuencia de imprevisiones de rango político y faltos de lo más elementales medios y remedios técnicos.
“Santos ¡YA¡”, tal y como clama y reclama el pueblo, y sin necesidad de burocratizar – es decir, “eternizar”-, procedimientos y procesos “canónicos”, muchos de los cuales se obviaron impiadosamente en determinados casos nobles, y especiales circunstancias, -que de todo hay en la Viña del Señor,- y que demandan revisión, arrepentimiento y reparación conciliar post Vaticano II.
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