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Denuncian la ausencia de estrategia y el olvido de la comunidad internacional
(Vatican News).- La Compañía de Jesús, a través de la voz de sus múltiples expresiones, desde el Colegio Universitario Hekima hasta el Servicio Jesuita a Refugiados, «condena enérgicamente la violencia y las violaciones de los derechos humanos que se están produciendo en la República Democrática del Congo», pidiendo «respeto a la integridad y soberanía del país y a los derechos de las personas desplazadas a regresar a sus tierras ancestrales».
Porque, señala una declaración de los jesuitas, «décadas de conflicto armado han privado a innumerables hombres, mujeres y niños de necesidades básicas como la alimentación, la atención sanitaria y la educación».
El rápido avance del grupo rebelde Movimiento 23 de marzo (M23) por el este congoleño se interpreta como la culminación de la guerra que dura décadas en la región de Kivu, sumida ahora en una compleja crisis humanitaria y de seguridad.
Según las últimas actualizaciones, la guerrilla pro ruandesa del grupo M23 –tras haber derrotado al ejército en Kinshasa y conquistado la capital de la provincia de Goma, en Kivu del Norte, en enero – ha avanzado hacia otras zonas de la región oriental congoleña, entrando también en Kanyabayonga y Bukavu, la capital de Kivu del Sur, a unos 50 kilómetros de la frontera con Burundi, y dirigiéndose hacia Butembo, la segunda ciudad más poblada de Kivu del Norte y principal centro comercial de la provincia, encontrando poca resistencia por parte de los militares gubernamentales.
Lo mismo ocurrió en Kamanyola y Luvungi. Así, los rebeldes se abrieron camino hacia Uvira, la segunda ciudad principal de Kivu del Sur, con vistas al lago Tanganica, desde donde parte una carretera hacia Burundi, ya desbordada por flujos de desplazados que, según la ONU, no tienen precedentes en los últimos 25 años.
A pesar de la amplia implicación de los actores regionales y del conflicto histórico en estas zonas – que estalló en la década de 1990 pero tiene sus raíces en diferencias étnicas centenarias – la atención internacional sobre este conflicto es históricamente escasa. Prueba de ello es la incapacidad de diálogo y mediación en la ONU, donde la ministra congoleña de Asuntos Exteriores, Therese Kayikwamba Wagner, durante la última reunión del Consejo de Seguridad, acusó a Ruanda «de preparar una matanza».
Por ello, los jesuitas hacen un llamamiento «a la comunidad internacional, a las organizaciones humanitarias y a los gobiernos para que aumenten su apoyo a las comunidades afectadas». Para la Compañía de Jesús, «hay que movilizar ayuda humanitaria urgente para aliviar el sufrimiento y garantizar que la asistencia llegue sin obstáculos a los necesitados».
La ONU, junto con los organismos regionales, «debe mejorar las estrategias de mantenimiento de la paz, garantizando la seguridad de las poblaciones vulnerables y facilitando al mismo tiempo la ayuda humanitaria. La protección de los civiles debe seguir siendo el núcleo de todas las intervenciones internacionales, con medidas proactivas para prevenir atrocidades masivas y restablecer la estabilidad».
El resurgimiento de este conflicto «olvidado» se produce precisamente en el año en que la misión de paz de la ONU Monusco debería haber finalizado tras 25 años. Esto revela la ausencia de una estrategia compartida para resolver la inestabilidad crónica de estos territorios, tan ricos en recursos naturales como frágiles y expuestos a los intereses de terceros países. Y quien paga las consecuencias es, una vez más, la población local.
La última tragedia ocurrió el pasado 20 de febrero, cuando al menos 22 personas murieron tras volcar una embarcación sobrecargada en las aguas del lago Edward. Lejos de quedar aisladas en la comunidad congoleña, tragedias similares han afectado también a personalidades institucionales y diplomáticas activas en la República Democrática del Congo. En estos días se cumplieron cuatro años del asesinato en Goma del embajador italiano Luca Attanasio, símbolo del diálogo y la diplomacia, pero sobre todo de la paz.
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