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Huir del rincón que nos hace pequeños

Uno vive durante el año con la sobriedad del monje. Pero en verano le gusta viajar. Un viaje al menos para ver un poquito del mundo, chapurrear tres o cuatro idiomas y huir del rincón que nos hace pequeños. El viaje es una de las fuentes más antiguas del conocimiento. Como viajero de edad me he venido enrolando en un grupo cultural que no desdeña los valores del descanso. Entre mis muchas limitaciones, cuento con un desinterés, casi enfermizo en estos tiempos, por la fotografía. No hago fotos de viaje. En cambio, a lo largo de los años me he hecho con unos cuantos poemas escritos en el viaje o tras el viaje: Jerusalén, Roma, Nueva York, Mallorca y el Mediterráneo casero, Auschwitz, El Omaha Beach de Normandía, Praga y su cementerio judío, la Thomaskirche de Leipzig donde J.S. Bach tiraba de genio por oficio…

Con alguna osadía ofrezco aquí un poema de “no viaje”. Un periplo interior, con el recuerdo de unos cuantos viajes reales, un desinhibido ejercicio de libertad y algunas gotas de humor. Todo bajo el asombro soterrado ante las innumerables maravillas del ancho mundo.

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