La inteligencia del corazón
El corazón que humaniza
Sanar, acompañar, humanizar
La expresión del psiquiatra Ronald Laing diciendo que “la vida es una enfermedad de transmisión sexual con una tasa de mortalidad del 100%”, más allá de sus múltiples provocaciones y paradojas, nos presenta una gran verdad: por más que conjugáramos y ganáramos terreno en el curar, todo tendría un límite, que nos viene impuesto por la inexorabilidad de la muerte.
El sistema sanitario y sociosanitario están fragmentados, y por lo mismo, no honran el principio de humanización, y deberían ir de la mano porque la sociedad tiende a un envejecimiento acelerado y a un altor nivel de cronicidad. El reclamo del cuidar, de este modo, se hace cada vez más necesario y visible, no solo el de curar. Justamente como consecuencia del curar, aumenta la necesidad del cuidar. Al curar, la esperanza de vida se prolonga y la necesidad de cuidar en situaciones de deterioro y de convivencia con enfermedades crónicas, aumenta.
Por otro lado, el objetivo de la medicina, decía Hipócrates en Sobre el arte, es disminuir la violencia de las enfermedades y evitar el sufrimiento a los enfermos, absteniéndose de tocar a aquellos en quienes el mal es más fuerte y están situados más allá de los recursos del arte. Este modo de ver la misma medicina evoca el desafío de no reducir su fin a la conjugación del verbo curar.
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