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El corazón en las manos, como ternura

La fuerza humanizadora de la ternura

La ternura y la cordialidad no debilitan la profesionalidad: la hacen más humana y eficaz.

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Puede que en el imaginario cultural exista la idea de que cordialidad y ser serios son algo opuesto, y que para ser un buen profesional (en cualquier ámbito) haya que manifestarse frío, distante, serio y riguroso en las relaciones.

Como si “ser inteligente” y “tener buen corazón” fueran cosas opuestas…

Y, de hecho, no falta quien dice que la distancia más grande que hay en el mundo es la que existe entre la cabeza y el corazón

Sí, algunos piensan que la ternura, la afabilidad y la blandura, la afectividad claramente manifestada, el interés por las personas y su mundo interior serían de poco intelectuales y serios.

Parecería que es “poco profesional” ser tierno y afectuoso. Sin embargo, no falta quien, en el campo de las ciencias biomédicas, por ejemplo, están reclamando la complementariedad de la medicina basada en la evidencia y la medicina basada en la afectividad (Dr. Albert Jovell), tan necesaria para humanizar hoy la salud.

Y es que podríamos decir que lo que sostiene a la humanidad no es otra cosa que el corazón, pero el buen corazón, el virtuoso. Esta es mi tesis de hoy: el corazón interesado por el otro, particularmente por el otro vulnerable; el corazón “apasionado” y compasivo ante las historias que nos incumben. (Lc 24,32) No solo los sentimientos; ni siquiera solo “los buenos sentimientos”.

Un buen reto para hoy, según algunas modernas tendencias que hablan de inteligencia emocional, es, efectivamente, formarse en el ámbito de la regulación emocional. Se refería a esta formación la Encíclica Deus caritas est[1] hablando de la “formación del corazón”. Cultivar esta inteligencia emocional y moral, que complementa a la inteligencia intelectiva, puede contribuir a nuestra felicidad y a dotar nuestras relaciones de la cordialidad con la que se construye más fácilmente un mundo más humano, que con la rigidez de la inteligencia intelectiva. “Con miel y no con hiel, nos recordaba con frecuencia mi padre a la familia”.

[1] Benedicto XVI, Deus Caritas Est 2005, 35.

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