Cuántas veces te dices “estoy mal” y no sabes por qué, cuántos días no logramos poner nombre a lo que sentimos ni desciframos de dónde viene. Pero la pasividad más despiadada es la del transcurso del tiempo, inexorable y aterradora. Observo sus efectos en mi cuerpo, en mis limitaciones físicas y mentales, en todo lo que antes podía hacer y ahora ya no, incluso en la aparente caducidad de los ideales de la juventud.
Tocaba remontar medio Putumayo en su curso peruano, desde Estrecho a Soplín Vargas. Un señor viaje en el corazón de la Amazonía surcando un territorio infestado de grupos de narcos que se lo disputan. Casi nada. La aventura prometía y desde luego no decepcionó.
Deseamos concretar el Sínodo y proyectar el futuro con audacia, respondiendo al desafío del sueño de Dios a través de rutas nuevas. Aportamos, debatimos y matizamos en medio de bromas y risas, muy relajados. Lo que emerge en el diálogo bajo la maloka, después se refuerza en las conversaciones en el comedor o en los descansos, desenfadadas, afectuosas. Y se apuntala con fuertes shungos de cariño y convicción compartida en la jornada de descanso y convivencia o en la “noche cultural”.
El cadáver está sobre la mesa, la única que se ve en toda la casa, seguramente donde comen. Es de un hombre de treinta y tantos años. A los costados, seis desvalidas velas, paradas sobre tiras de cartón, para que recojan la cera.
La mamá de Denis se llama Olinda. Conversamos un poquito de pie, la voz instintivamente queda, así suele ser casi siempre, como si la muerte reclamase silencio. En su compostura, en su aguante, en su dignidad, veo la fuerza y la humildad de tantas mujeres que han padecido el ensañamiento de la injusticia.
Tras cuatro años de escucha y discernimiento, y con el Documento Final del Sínodo y “Querida Amazonía” como fruto y hoja de ruta, llegó la difícil etapa de pasar de las palabras a los hechos, en la que hay que lidiar con las resistencias no declaradas y las inercias.
Este año el gobierno peruano ha retirado el presupuesto para alimentación de los internados rurales, que posibilitan el acceso a la educación secundaria a los adolescentes procedentes de las zonas más alejadas y pobres... justo aquellos que, durante la pandemia, no pudieron estudiar por no tener conectividad
Los misioneros necesitamos que nos visiten. Al recibir el feed back de quienes vienen, sus impresiones y comentarios, podemos objetivarnos, mirarnos desde fuera con ojos culturalmente similares a los nuestros, y así apreciar en su medida cómo vivimos y lo que hacemos.
Lo necesitamos para recordar que somos enviados por la iglesia donde nos criamos, y que seguimos siendo parte de ella. Para sentir que, aunque estemos lejos, somos queridos y significamos algo relevante. Tenemos muchas personas y comunidades detrás, que hacen posible que permanezcamos acá, que gocemos nuestra peripecia misionera y que seamos felices entregándonos lo mejor que podemos.
Francisco ha soñado, Dios nos ha soñado, y el sueño de Dios es como su Palabra, crea la realidad con suavidad y eficacia, escribiendo con renglones humanos pero firmes. Buscamos caminar juntos para alinearnos con su sueño: se llama discernimiento.
La visión de Dios la intuimos al compartirla, la vamos descubriendo y desplegando mano con mano, haciéndonos uno, misioneros y pueblos nativos y ribereños. Es apasionante amanecer a una Iglesia más sinodal, más sencilla, samaritana y valiente. No será fácil, pero Dios sueña para que despertemos.
En la carencia de sacerdotes o religiosos-as, los laicos locales se han ido organizando y asumiendo compromisos; la Iglesia está viva y no depende de los misioneros. Y además lo han logrado viviendo una sinodalidad sencilla y espontánea, que ha fluido con naturalidad de la sabiduría del pueblo menudo. Con todas las debilidades, la misión en Tacsha no está hundida, continúa saludable gracias a la bondad de la Madre Tierra, que la cuida por medio del ingenio y la mística de sus valerosos hijos.
El mambe es un conocimiento. Se mambea para caminar en la luz, para amanecer la palabra. Es el nudo por donde pasa toda la espiritualidad de este pueblo: el territorio, la vida, la comunidad, el respeto, la conexión con todo lo viviente a través de las plantas.
La coca ayuda a concentrarse, “te da lucidez”; “el ambil es un espejo que te hace ver la realidad. Ya no vives en la imaginación o la fantasía, te miras, te revisas, te puedes corregir”. La humildad es conducirte con conciencia y discernimiento, estar en la verdad. Implica una coherencia de vida, un compromiso en la familia, en el trabajo, siempre. Amor y serenidad. Una maravilla.
Naoky es como el icono del encanto de este pueblo. Su hermosa sonrisa, profundamente amazónica, su simpatía… Cada vez que nos vemos nos damos un abrazo. Sí, Estrecho, te quiero mucho y acá me siento a gusto.
Las mujeres están perfectamente capacitadas para asumir responsabilidades finales en la Iglesia. Estas señoras sencillas del mundo rural, mamás, esposas, vendedoras, chacareras, desprovistas de estudios o títulos pero adornadas con el entusiasmo y el sentido común, lo muestran cada día.
Porque la Amazonía es mujer; es el regazo de Dios en la tierra, el seno de la Madre ofrecido para sostener cada ser viviente, la belleza nutritiva, el obsequio de la inagotable armonía natural. Y las mujeres creadoras y cuidadoras de la vida son el mejor semblante de la Amazonía.
Hay un ambientazo, la gente viene a disfrutar, nadie se enfada, es inimaginable cualquier tipo de violencia, verbal o física, las carcajadas son el telón de fondo; se trata simplemente de divertirse.
La gente las llama para que vayan a orar cuando hay una situación de especial sufrimiento en la familia: muerte, accidente, enfermedad grave. Son como una especie de “reserva espiritual” de Tamshiyacu, como el sagrario viviente que guarda las tradiciones más genuinas, la fe de los mayores en su esencia. ¡Ole por la Legión de María!: super-abuelas profundamente creyentes, leales, constantes… Nos dan lecciones de resiliencia y entusiasmo sostenido contra viento y marea a lo largo de los años.
¿Pero qué hace San Isidro la tierra del paiche, los guacamayos y el aguaje, cambiando el azadón y la guadaña por las redes de pesca y el arco con flechas? ¿Cómo acompañar esta realidad multicultural como Iglesia aliada de todos que lucha por la vida plena?
Da gusto estar con mis compañeros. Es bonito compartir por esos ríos tareas, barro, risas, un escueto té en la noche, calores y hasta los zancudos; y es precioso compartir un proyecto, un sueño, una pasión. Más conozco a los misioneros, más los admiro, y me maravillo de ser uno de ellos. Servirles es un honor y un desafío que intento aprender para estar a su altura y dar lo que ellos se merecen.
Cuando les hablamos de la misión y de la Amazonía, la gente siempre nos expresa su admiración, una chica incluso habló de “héroes”, y eso me deja atónito y pensativo. ¿Será para tanto y no lo apreciamos porque lo vivimos desde dentro y nos parece natural? No lo sé, no lo creo. Seguramente todos, los gringos y nosotros, quedamos agradecidos e impresionados, cada cual por motivos diferentes, en estos encuentros entre dos mundos; pero con la generosidad en común.
Los norbertinos son hombres muy especiales y preparados, hacen doctorados, bastantes de entre ellos son músicos, aprenden idiomas, tocan instrumentos, cantan magníficamente, los hay artistas, poetas con libros publicados, uno corre maratones… Y claro, también hay misioneros, varios en Perú y dos en nuestro Vicariato. Durante cuatro días hemos disfrutado de su hospitalidad y hemos podido conocer su vida, sorprendente e inspiradora.
Se trata de asegurar apoyos que ya teníamos y explorar otras posibilidades, establecer contactos, abrir caminos para que instituciones, diócesis, ONGs de acá puedan sustentar nuestra misión. Es un viaje iniciático para mí porque es la primera vez que piso tierra yanqui, y para todos porque puede suponer una veta de cooperaciones que necesitamos urgentemente.
Alrededor de la hoguera y al son de las músicas tradicionales, veneramos danzando, según el modo regional loretano, al Señor vivo y presente. Fue el culmen de la Noche Santa, que el pueblo menudo celebra a su manera y con su lenguaje. Gramática humilde y espontánea que Dios goza porque va directa a su corazón.