Recién empiezo a comprender el sentido de la corona de Adviento, de la importancia de la luz en este clima tan frío con un invierno tan largo y oscuro. La gente se cansa de los días cortos, de la obligación de estar en la casa con la calefacción, de la ausencia del sol. El Adviento es mucho más relevante que en el sur, es un itinerario de celebración familiar: todos se reúnen el domingo en el desayuno y prenden la luz, en la espera del Señor, del buen tiempo, de la vida renacida. Para nosotros la corona es un mero adorno litúrgico.
La danza murui es algo profundamente espiritual y armonizador. Las palabras que contienen los cantos, los movimientos, el ritmo y la repetición ayudan a los participantes a regenerar sus cuerpos, a alinearlos con su alma y así restañar los daños y sanar las enfermedades o heridas. Se reconstituye la fuerza de la persona y se intensifican los vínculos comunitarios.
Así la sabiduría ancestral se in-corpora, la cultura se reproduce, la espiritualidad fluye conectando a las personas, posibilitando compartir el bienestar, la esperanza y la satisfacción de ser cada cual quien es y estar donde debe estar.
Fue lindo y de vital importancia el contacto directo con los financiadores, encuentros personales con quienes conocemos a través de pantallas y correos electrónicos. Mirarnos a los ojos, apreciar el tono de voz, bromear, y también aclarar puntos, recibir información de primera mano, orientaciones para el futuro, e incluso cerrar algún “negocio”.
Loyola es una belleza hecha edificio, una suerte de materialización de la historia y la espiritualidad ignacianas, el emplazamiento de encuentros profundos con Dios de miles de personas durante quinientos años, entre ellas Ignacio, Arrupe y tantos otros.
Pero si hay un rincón especialmente impregnado de vida en Dios es la capilla de la conversión. Ha sido el escenario de los instantes más intensos, de mayor intimidad y carga afectiva. Mirando la leyenda “Aquí se entregó a Dios Íñigo de Loyola” he atesorado inspiraciones, claridades, reformas, trabajos interiores... Y las cuestiones en las que, definitivamente, no me puedo engañar.
Desde esta perspectiva, la muerte como final no existe, y eso inspira para atender a los enfermos con amor y delicadeza, respetando sus decisiones, ayudándoles a aceptar y a soltar, a no resistirse, superando el miedo y venciendo la tristeza con la esperanza y el cariño. Me impactó profundamente que la práctica vocacional de los cuidados paliativos abre de manera natural a la experiencia creyente o espiritual, la intuición profunda de que “no estamos desamparados”.
Vivir en un departamento y poder realizar las labores de la casa me hace sentirme una persona “normal”, alguien ordinario, “uno de tantos” (Fil 2, 7). Los sacerdotes, religiosos o misioneros no somos diferentes a los demás, ni mejores ni especiales. Somos pueblo, tenemos la dicha de compartir las vicisitudes y el destino de la inmensa mayoría, como hijos y hermanos.
Los puertos de Iquitos son lugares de acceso al río de pasajeros y mercancías indistintamente, mezclados, embarullados. En la vaciante, cuando baja el nivel del agua, emerge una amalgama nauseabunda de plásticos, barro, tela, vidrios, desperdicios... Es lo que ven los turistas cuando llegan a la ciudad o zarpan a otros lugares. ¿Cómo es posible que las autoridades permitan eso?
Conocer las casas de las congregaciones presentes en el Vicariato me ha enseñado mucho sobre las religiosas y los sacerdotes: el estilo de cada tribu, su forma de vivir, cómo se posiciona en la misión y tantos otros detalles.
Además, este contacto con la Iglesia mexicana me ha hecho entender mentalidades, hábitos, enfoques… Ahora me encajan aspectos como la dedicación a los bienhechores, la piedad popular o el interés por la pastoral vocacional, que en México la trabajan a conciencia (y tienen resultados, como he comprobado).
Misión Putumayo trabaja el empoderamiento de la mujer, su participación social, su independencia económica y emocional, y también su incorporación activa a la vida de la comunidad cristiana.
Aquellos días, los niños y los jóvenes fueron nuestra compañía más habitual. Son como tierra reseca, deseosa de novedad, de estar juntos, de relaciones positivas, del alimento fortalecedor que es el cariño expresado.
Desde hace 26 años navegan por toda la Amazonía de un lugar a otro. Conviven con la gente, se van a la chacra, escuchan, comparten y registran lo que descubren en cada comunidad. No se quedan mucho tiempo, pero su bagaje de conocimiento práctico de los pueblos indígenas y ribereños es inmenso.
Tejen relaciones entre iglesias fronterizas, conectan cuencas, acompañan a nuevos misioneros, levantan datos geográficos, ubican a indígenas no contactados, activan proyectos, propician sinergias… Hace años que ya experimentan, con todas las limitaciones, lo que todos estamos llamados a vivir: sumarnos en diversidad de carismas, instituciones, nacionalidades y pelajes.
Cuando estuve ante Ella, un poderoso silencio me embargó, sus ojos se posaban sobre mí. No tenía casi nada que decir, porque Ella conocía lo que hay en mi vida. Apoyé mi frente en su manto, toqué su rodilla caminante con mi anillo, y la mano fue a mi corazón. Todo lo vivido estaba ahí, pero supe que la Madre estará atenta al futuro. Como mi mamá en sus últimos días. Sentí una ternura honda y confiada.
Noto cómo las gotas de sudor van resbalando por mis piernas, bajo mis pantalones. Es un bochorno pegajoso y persistente al que no te puedes enfrentar porque te rodea, te sancocha, se cuela por todas partes y te exprime lentamente.
Han ocurrido tantas cosas, tantísimas… Sin embargo, casi nada se ha realizado de la manera en que lo imaginé. Fui enviado a la diócesis de Chachapoyas pero pronto conocí la Amazonía y, en un seísmo interior de sorpresa y convicción, supe que este era mi destino, lo que Dios realmente quería para mí.
Vine “a ofrecer mi corazón”. No a trabajar, no a estar, no a pasar de refilón; sino a entregarlo todo, sin guardarme ninguna carta, “sin diseños ni intentos”, toditos los nombres escritos en la frente, y esta realidad completa, transida de injusticia, miseria, lucha y esperanza dentro de mis ojos. Una navegación a puro remo.
En menos de 24 horas. O en apenas dos días. Unos 750 km de un costado a otro del Perú. Un viaje alucinante, peligroso, atropellado, incierto, agotador y un poco loco, la verdad
Bien pertrechados en la paciencia misionera y loretana, arribamos al atardecer a un lugar llamado tres Fronteras, un pueblito a 5 km de la base del ejército
El cariño piadoso del pueblo menudo hacia la Virgen trasciende las geografías y las culturas, porque se mama en el amor de la madre y se moldea en el amor a la madre. Son los amores más puros, preciosos y eternos.
Excepto las pequeñas canoas, ninguna embarcación puede ya entrar hasta Yanashi. Las lanchas de carga no llegan, las movilidades de pasajeros tampoco. ¿Cómo transportar abarrotes y artículos de primera necesidad hasta Yanashi? ¿Y las personas?
Por el momento queda un hilo de agua, pero, cuando se seque del todo, los habitantes de este pueblo tendrán que caminar ¡12 kilómetros! hasta el río grande. Así sufren mucha gente en la Amazonía.
No sé cuántas veces me agradecieron mi presencia. Y yo no hice nada, solo una visita de dos días con apenas una reunión, y la impresión de que debería acompañar a este puesto mucho mejor. Siento que estoy justo donde debo estar, en mi lugar, con esta gente. Nomás participando, dejándome llevar, siendo yo mismo; y soy querido.
Nos vemos obligados a quedarnos acá en una semana entera: del 21 al 28 de agosto. Siete días atascados, ni más ni menos. A principio no te lo puedes creer, piensas que habrá una solución. A continuación te angustias un poco (unos diez minutos), y después simplemente lo vas aceptando con calma. “Por algo será”, dice la gente, con esa intuición sencilla de la providencia divina: algún propósito tendrá Diosito con esto.
No son sustitutos de las religiosas o los presbíteros, están en primera línea de la misión por el don del Bautismo. Y esto hay que creérselo con todas las consecuencias, apostar por ellos sin timidez, dando un paso al costado para dejarles su lugar, el que les corresponde desde siempre y tantas veces se ha invadido. Aceptando que van a hacer las cosas “a su manera”, amando su manera y aprendiéndola con reverencia.
Cuando los laicos participen plenamente en los ámbitos de toma de decisiones, en el ministerio de la autoridad eclesial, estaremos aplicando el mejor remedio contra el clericalismo, que horada la sinodalidad y la torna a menudo una caricatura o una bella teoría. La Iglesia del futuro inmediato será laical y sinodal, o no será.
Calificar así una bestialidad tal como violar a las menores exhibe de manera asombrosa el racismo que infecta hasta las mentes supuestamente más ilustradas. El bárbaro awajún representa el opuesto a un “nosotros” situado en posición de superioridad y hegemonía.
Un etnocentrismo flagrante y despectivo heredado de la época colonial, cuyas calificaciones peyorativas coadyuvan a la impunidad con la que se despachan los poderes económicos dominantes, que se afanan en redactar leyes para poder depredar libremente la Amazonía; esta sería un inmenso territorio repleto de riquezas naturales casi vacío, donde únicamente viven cuatro “salvajes” que no hacen más que fastidiar con sus reivindicaciones