Puntos para meditar la sinodalidad
Dios siempre es "re-"
Escuelas zonales de formación de agentes de pastoral del Vicariato San José del Amazonas (Perú)
De la Iglesia amazónica y de la Iglesia universal. Creo incluso, emulando a Rahner, que la Iglesia del futuro inmediato será laical y sinodal, o no será. Y la condición para que sea auténticamente fraterna y sinodal es que sea decididamente laical, no solo numéricamente, que ya lo es, sino estructuralmente, carismáticamente, ministerialmente.
Lo pienso así porque veo primicias de la valía de los laicos en nuestro Vicariato que, desde hace décadas, y por suerte o por desgracia, siempre ha contado con pocos ministros ordenados entre los misioneros, hoy por hoy 15 de 70, poco más del 20%. Significa que tradicionalmente los laicos, misioneros (20 de 70 actualmente, 28,5%) y locales han asumido tareas y responsabilidades fuertes.
En Orellana he encontrado, como otras veces, una parroquia bien armada, conducida por un grupo de laicos que trabajan en equipo, conscientes de las prioridades del plan pastoral vicarial, organizados, bien informados, participantes activos en los encuentros, liderados por Mariana, Pilar y Eusebia, mujeres con capacidad, empuje y experiencia.
Funciona hace años mejor que otros puestos que tienen los misioneros al completo. Se ve en su tablón los datos de las colectas extraordinarias, que realizan puntualmente, igual que rinden cuentas a la comunidad de los movimientos económicos, en qué se emplea la plata que la gente aporta. Justo como pide el Instrumentum laboris del Sínodo en sus números 73-79.
Las escuelas zonales de agentes de pastoral también han sido para mí un espacio de contemplación de los laicos y su potencial. Son una experiencia nueva, una especie de continuación o réplica de la escuela de formación vicarial, pero en las zonas: el Putumayo, el Napo, Indiana y puestos cercanos, y el Bajo Amazonas. He tratado de acompañar bien atento, y me llevo impactos muy positivos.
Cada zona es un mundo. En algunas se ha insistido en los “animadores” desde hace cincuenta años, y en otras se trabajó con peculiaridades distintas. En Estrecho había una significativa presencia de indígenas murui y kichwa, bastantes mujeres, gente sencilla y abierta. Al final del día se dedicaba un tiempo a preguntar al grupo: “¿qué he aprendido?”. Y ahí salían cosas muy concretas: cuántos puestos de misión hay en el Vicariato, cómo se busca un texto bíblico…
Los bloques temáticos eran los mismos que hemos compuesto para la fecha vicarial, pero adaptados o convertidos en un bonsai. Descubro que la clave no es que sepan contenidos (¿alguien se acuerda de lo que se le explicó en alguna sesión de catequesis del mundo?), sino que compartan valores, asimilen proyectos conjuntos, se impregnen de la pasión y el estilo del evangelizador que escucha y se compromete con el pueblo pobre.
La escuela es también el escenario de discernimiento de los ministerios que necesitamos como Iglesia particular. La corresponsabilidad se va forjando a partir de la formación, el protagonismo activo de los laicos se sustancia en los servicios que el pastor les confía de manera oficial. Ya ocurre con catequistas y responsables de comunidades, pero hay que profundizar y arriesgar: asesores de jóvenes, agentes de pastoral social, cuidadores de la Casa Común…
No son sustitutos de las religiosas o los presbíteros, están en primera línea de la misión por el don del Bautismo. Y esto hay que creérselo con todas las consecuencias, apostar por ellos sin timidez, dando un paso al costado para dejarles su lugar, el que les corresponde desde siempre y tantas veces se ha invadido. Aceptando que van a hacer las cosas “a su manera”, amando su manera y aprendiéndola con reverencia.
Más aún: cuando los laicos participen plenamente en los ámbitos de toma de decisiones, en el ministerio de la autoridad eclesial, estaremos aplicando el mejor remedio contra el clericalismo, que horada la sinodalidad y la torna a menudo una caricatura o una bella teoría. No es imposible, estamos todavía lejos, pero vamos discerniendo y dando pasos de calidad. Los laicos son la fuerza de la Iglesia: una obviedad y una hoja de ruta del Espíritu.
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