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"No se trata de venerarlos como figuras intocables, pero necesitan ser sostenidos por la comunidad"
(Desde la Fe).- La vocación sacerdotal es un don precioso que la Iglesia recibe del Señor, pero también es una vocación exigente que se vive en medio de fragilidades humanas. Por ello, los fieles laicos están llamados no sólo a recibir con gratitud el ministerio sacerdotal, sino también a cuidar, acompañar y sostener a quienes han sido llamados por Dios para guiarlos.
En nuestras parroquias, el cuidado del sacerdote no debe ser sólo una preocupación del obispo o de la diócesis: es una tarea eclesial, compartida y concreta.
¿Cómo pueden cuidar los fieles a sus sacerdotes? Cuidar a un sacerdote es, ante todo, un acto de caridad. Implica velar por su bienestar humano, espiritual y pastoral. Esto se concreta en gestos sencillos y cotidianos: una comida preparada con cariño, una palabra de aliento, una carta agradeciendo una homilía o una visita fraterna con desinterés. No se trata de venerarlos como figuras intocables, sino de reconocer que son hombres que entregan su vida, y por ello necesitan ser sostenidos por la comunidad.
Como decía el papa Francisco: Los sacerdotes no caen del cielo, nacen en una comunidad. Por eso, la misma comunidad tiene la misión de ser lugar de respaldo, no de exigencia y de comprensión.
Es triste cuando los sacerdotes son vistos solo como “prestadores de servicios religiosos”. Bautizos, misas, bendiciones, confesiones… pero pocas veces una llamada sincera preguntando: “Padre, ¿cómo está?”.
Interesarse por la vida del sacerdote es un acto de humanidad y caridad. Conocer sus historias, su familia, sus alegrías y tristezas, es un modo de construir una comunidad más fraterna.
Los fieles pueden organizar espacios de convivencia no sólo en función de fiestas patronales, sino como momentos para compartir la vida. Un sacerdote que se siente acompañado será un pastor más cercano, más humano, más dispuesto a entregarse con alegría.
Los sacerdotes somos hombres que, aunque hemos recibido la gracia del orden, seguimos siendo humanos. Nos cansamos, nos frustramos, nos enfermamos, nos sentimos solos.
Muchos vivimos solos en la casa parroquial y, a veces, sin familia cercana ni amigos con quienes compartir. Por tanto, los laicos pueden estar atentos: si el padre está comiendo bien, si tiene tiempo para descansar, si hay alguna necesidad médica o psicológica que atender.
Conocer a los sacerdotes no significa invadir su privacidad, sino abrir caminos de fraternidad. Muchos sacerdotes se sienten encerrados en la soledad de la administración parroquial, abrumados por la carga pastoral o juzgados por la comunidad.
Saber quién es el sacerdote que celebra la misa, de dónde viene, cuál fue su camino vocacional, puede ayudar a los fieles a valorarnos más allá de nuestras debilidades.
Los sacerdotes no somos “funcionarios del culto”, sino pastores con nombre, historia, heridas y esperanzas. Cuando los fieles nos conocen, se genera una relación más profunda, más cercana, más verdadera. Y eso edifica la comunión.
Cuidar a un sacerdote es un modo concreto de amar a la Iglesia. No se trata de idealizarlos ni sobrecargarlos, sino de hacerles sentir que no están solos. Los sacerdotes damos la vida por nuestra comunidad, pero también necesitamos que la comunidad nos ayude a vivir con alegría, equilibrio y esperanza.
Laicos y sacerdotes no caminamos separados: somos parte de un mismo Cuerpo, y por eso nos necesitamos mutuamente. Esa caridad se concreta también en cuidar, amar, acompañar y sostener a todos los sacerdotes. Porque sólo una comunidad que cuida de sus pastores podrá recibir de ellos un pastoreo más humano, cercano y fecundo.
Ya lo aseguró el Señor Jesús: “Y quien dé un vaso de agua fría a unos de estos pequeños sólo porque es mi discípulo, les aseguro que no se quedará sin recompensa” (Mt 10,42).
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