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"Que las campanas no suenen mientras la sangre siga corriendo"
Durante el mes sagrado del Ramadán, cuando el sol se oculta y las familias palestinas deberían romper el ayuno con esperanza, el cielo de Gaza se tiñe de fuego y la tierra, de más escombros. La tregua, apenas un hilo tenue de respiro, ha sido brutalmente rota. En solo unos días, más de 400 muertos, sin contar los centenares de heridos que no alcanzan a llegar a un hospital porque la ayuda humanitaria es bloqueada sistemáticamente. Gaza se desangra mientras el mundo calla.
Esta masacre no es accidental, no es un daño colateral. Tiene nombres y apellidos: Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel, condenado por crímenes de lesa humanidad por la Corte Penal Internacional. Un dirigente que, para desviar la atención de sus propios casos de corrupción, sacrifica vidas inocentes, bajo la bandera de un sionismo convertido en maquinaria de muerte. Lo apadrina Donald Trump, verdadero rostro del necropoder, condenado por corrupción en su propio país, que ha invertido más de 14 mil millones de dólares en alimentar la maquinaria bélica en Gaza, perpetuando una limpieza étnica evidente.
El Derecho Humanitario Internacional ha sido pisoteado. Se ha impuesto la ley de la selva: quien tiene más armas y más dinero decide quién vive y quién muere. Y mientras la ONU, atada y silenciada, no logra levantar la voz ni frenar la masacre, algunos gobiernos europeos, como España, que ha tenido la valentía simbólica de reconocer al Estado Palestino, continúan –según denuncias– enviando armas a Israel, contradiciendo sus propios gestos diplomáticos.
La hipocresía internacional es ensordecedora. El Papa Francisco, ante estas masacres, nos recuerda: "La guerra es siempre una derrota de la humanidad. No hay guerras justas, solo hay paz justa" ¡Siempre!”.
Pero ¿qué podemos hacer nosotrxs, que no tenemos ejércitos ni gobiernos, sino corazones humanos? Podemos, al menos exigir, pedir que las iglesias cierren sus puertas, que las campanas no suenen mientras la sangre siga corriendo. Que los cristianos y cristianas salgamos a la calle, que nos unamos con nuestros hermanos musulmanes y judíos que también claman por paz. Que ningún creyente permanezca indiferente ante este genocidio.
Podemos, al menos gritar juntos: ¡Ni una bomba más! ¡Ni una vida menos! ¡Que caigan los muros, no los cuerpos! ¡La Paz ahora, la justicia siempre!
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