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El testimonio de Amalia Luciani se emitió anoche en Telepace a las 20:30 h
(Vatican News).- "Con sus sobrinas y sobrinos era un tío especial, de esos que todo el mundo desearía tener".
Así lo afirma Amalia Luciani, que, recordando algunos recuerdos personales, habla del aspecto familiar de Juan Pablo I. "Cuando volvía a casa -a Canale d'Agordo- nunca reprochaba nada a nadie, al límite tenía una cara seria y preocupada, pero luego siempre le volvía la sonrisa", añade la hija de Edoardo Luciani, hermano del Papa veneciano.
Era el verano de 1978 cuando se encontró con su tío por última vez antes de su partida para el Cónclave. La llevó en su coche desde Canale d'Agordo hasta Belluno, donde trabajaba y vivía. En el camino, el entonces Patriarca de Venecia le preguntó si podía ir a bendecir su casa. Pero, por razones de tiempo, respondió que sería mejor hacerlo en otro momento. "Puede que no haya una próxima vez", respondió el futuro Pontífice casi proféticamente. "Me preguntó -continua- si había colgado un crucifijo en casa y, a mi respuesta afirmativa, añadió que entonces era como si ya hubiera venido a bendecirla".
Amalia se emociona pensando en la fotografía de Juan Pablo I que aún hoy se encuentra colgada en su casa. Y recuerda, en particular, las veces que durmió en el sofá durante algunos momentos de crisis en su matrimonio: "Siempre miraba esa foto, diciendo: 'sigue bendiciendo mi casa'".
El testimonio de la sobrina del Papa Luciani se emitió durante el programa "Juan Pablo I Beato", que se emitirá en Telepace este jueves, en vísperas de la rueda de prensa de presentación de la beatificación del Papa Juan Pablo I. La velada, conducida por el periodista Giacomo Biancardi, tendrá lugar en presencia de varios invitados y con varias contribuciones grabadas en vídeo, incluida la entrevista con Amalia.
Un relato, el de Amalia Luciani, que también se detiene en las historias de su padre Edoardo, cinco años más joven que el Pontífice. "Los dos", dice, "estaban en sintonía, casi como dos amigos que quieren hacer travesuras juntos". Uno se pregunta si Albino Luciani, ya de niño, mostró signos premonitorios de su futuro. "Ni mucho menos", responde la señora Luciani, sonriendo, mientras cuenta cómo los dos hermanos solían jugar con los demás niños de Canale y, en particular, el episodio de la búsqueda del tesoro que terminaba con un sorteo. "Sacabas un papelito y ganabas un juguete hecho con una piña o un lápiz, pero había niñas que tenían a su papá en Estados Unidos que les enviaban chocolate.
Cuando llegó el momento de sacar el premio, el joven Albino hizo una señal a su hermano -que aún no sabía leer- para que sacara un papelito en particular, y lo mismo hizo él. Así que ambos ganaron dos trozos de chocolate. "Mi padre", continuó, "le preguntó cómo lo había hecho. Y reveló el truco: "Había encontrado la manera de escribir el premio fuera del papelito".
Según Amalia Luciani, al final, esta anécdota da testimonio de que "todo el mundo puede llegar a ser santo: basta con quererlo y comprometerse". Un horizonte que concierne a la vida de cada bautizado y que podría recibir un impulso particular redescubriendo y estudiando la biografía y la espiritualidad del Pontífice veneciano.
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