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"Jesús nos dice que no debemos nunca separar a Dios del hombre"
En su catequesis desde la cátedra de la ventana, el Papa Francisco repasa el pasaje evangélico, en el que el escriba pregunta a Jesús por “el primero de los mandamientos” y Jesús le contesta, sin dudarlo: “El amor a Dios y el amor al prójimo”. Por eso, el Papa concluye que “ese es el corazón de la vida cristiana”. Y, por lo tanto, “en tu camino lo que cuenta no son las prácticas exteriores, como los holocaustos y los sacrificios (v. 33), sino la disposición del corazón con la que te abres a Dios y a los hermanos en el amor”
Las palabras del Papa en la oración del Ángelus
¡Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo!
El Evangelio de la liturgia de hoy (Mc 12,28-34) nos habla de una de las muchas discusiones que Jesús tuvo en el templo de Jerusalén. Uno de los escribas se acerca y le pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» (v. 28). Jesús responde poniendo juntas dos palabras fundamentales de la ley mosaica: «amarás al Señor, tu Dios» y «amarás a tu prójimo» (vv. 30-31).
Con su pregunta, el escriba busca “el primero” de los mandamientos, es decir un principio que esté en la base de todo; de hecho, como sabemos, los judíos tenían muchos preceptos y a menudo discutían sobre cuál era mandamiento más grande del que depende todo lo demás. Esta pregunta es esencial también para nosotros, para nuestra vida y para el camino de nuestra fe.
También nosotros, de hecho, a veces nos sentimos perdidos en tantas cosas y nos preguntamos: pero, al final, ¿cuál es la más importante de todas? ¿Dónde puedo encontrar el centro desde donde irradia todo lo demás? Jesús nos da la respuesta, uniendo dos mandamientos que antes estaban separados: el amor de Dios y el amor al prójimo. Esto resume toda la ley y a los profetas; podríamos también decir: ¡este es el corazón de la vida cristiana! Todos lo sabemos.
Hermanos y hermanas, todos nosotros necesitamos volver al corazón de la vida y de la fe, porque el corazón es «la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones» (Enc. Dilexit nos, 9). Y Jesús nos dice que la fuente de todo es el amor, que no debemos nunca separar a Dios del hombre. Al discípulo de todo tiempo el Señor dice: en tu camino lo que cuenta no son las prácticas exteriores, como los holocaustos y los sacrificios (v. 33), sino la disposición del corazón con la que te abres a Dios y a los hermanos en el amor. Podemos hacer muchas cosas, de hecho, pero hacerlas solo para nosotros mismos y sin amor, con el corazón distraído o con el corazón cerrado. Y esto no va.
Recordemos esto: Cuando el Señor venga, en primer lugar nos pedirá cuentas del amor que hemos sabido ofrecer y del que sin embargo no hemos donado. Por eso es importante fijar en el corazón el mandamiento más importante – ama al Señor tu Dios y ama al prójimo como a ti mismo –, para hacer cada día nuestro examen de conciencia y preguntarnos: ¿el amor por Dios y por el prójimo es el centro de mi vida? ¿Mi oración a Dios me empuja a ir hacia los hermanos y a amarlos con gratuidad? ¿Reconozco en el rostro de los otros la presencia del Señor?
La Virgen María, que llevaba la ley de Dios impresa en su corazón inmaculado, nos ayude a amar al Señor y a los hermanos.
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