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"Dios quiere lo mejor para nosotros, nos quiere felices. No se pone límites y no nos pide intereses"
Desde la cátedra de la ventana, el Papa Francisco explica el milagro, más bien “el signo”, de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná. Lo primero que destaca es que tanto María como Jesús intervienen “con cercanía y discreción”. Y, además, ofrece el “mejor vino”, porque “Dios quiere lo mejor para nosotros, nos quiere felices, no se pone límites y no nos pide intereses” y “la alegría que Jesús deja en el corazón es plena y desinteresada. ¡No está nunca aguada!”. Por eso, Bergoglio concluye su catequesis invitando a la gente a hacer el ejercicio de buscar “los signos que el Señor ha realizado en nuestra vida para mostrarnos que nos ama”.
Saludos tras el ángelus
Expreso mi cercanía a las personas golpeadas por fuertes lluvias e inundaciones en distintas partes de Brasil, en las últimas semanas. Rezo especialmente por las víctimas y sus familiares y por los que perdieron sus casas. Que Dios sostenga el empeño de los que están aportando socorro.
Del 18 al25 de enero se celebrará la semana de oración por la unidad de los cristianos., que este año propone reflejarse en la experiencia de los Magos, llegados de Oriente a Belén, para honrar al Mesías.
También nosotros los cristianos, en la diversidad de nuestras confesiones y tradiciones, somos peregrinos en camino hacia la plena unidad y nos acercamos tanto más a la meta cuanto más tenemos la mirada fija en Jesús, nuestro único Señor.
Durante la semana de oración ofrezcamos también nuestras fatigas y nuestros sufrimientos por la unidad de los cristianos.
Las palabras del Papa en la oración del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de la liturgia de hoy narra el episodio de las bodas de Caná, donde Jesús transforma el agua en vino para la alegría de los esposos. Y concluye así: «Este fue el primero de los signos de Jesús… Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él» (Jn 2, 11). Notamos que el evangelista Juan no habla de milagro, es decir, de un hecho potente y extraordinario que genera maravilla. Escribe que en Caná tuvo lugar un signo que suscita la fe de los discípulos. Podemos entonces preguntarnos: ¿qué es un “signo” según el Evangelio?
Es un indicio que revela el amor de Dios, que no reclama atención sobre la potencia del gesto, sino sobre el amor que lo ha provocado. Nos enseña algo del amor de Dios, que es siempre cercano, tierno y compasivo. El primer signo sucede mientras dos esposos están en dificultad en el día más importante de sus vidas. En mitad de la fiesta falta un elemento esencial, el vino, y se corre el riesgo de que la alegría se apague entre las críticas y la insatisfacción de los invitados.
La Virgen se da cuenta del problema y lo señala con discreción a Jesús. Y Él interviene sin clamor, casi sin que se note. Todo se desarrolla reservadamente, “detrás del telón”: Jesús dice a los servidores que llenen las ánforas de agua, que se convierte en vino. Así actúa Dios, con cercanía y discreción. Los discípulos de Jesús captan esto: ven que gracias a Él la fiesta de boda es aún más hermosa. Y ven también el modo de actuar de Jesús, su servir sin ser visto, tanto que los cumplidos por el vino se dirigen luego al esposo. Así comienza a desarrollarse en ellos el germen de la fe, esto es, creen que en Jesús está presente Dios, el amor de Dios.
Es bello pensar que el primer signo que Jesús cumple no es una curación extraordinaria o un prodigio en el templo de Jerusalén, sino un gesto que sale al encuentro de una necesidad simple y concreta de gente común. Dios ama actuar así. Y si nosotros, como María en Caná, lo imploramos, Él está dispuesto para ayudarnos, para levantarnos. Y entonces, si estamos atentos a estos “signos”, su amor nos conquista y nos hacemos discípulos suyos.
Pero hay otro rasgo distintivo del signo de Caná. Generalmente, el vino que se daba al final de la fiesta era el menos bueno, el aguado. Jesús, en cambio, hace que la fiesta termine con el mejor vino. Simbólicamente esto nos dice que Dios quiere lo mejor para nosotros, nos quiere felices. No se pone límites y no nos pide intereses. En el signo de Jesús no hay espacio para segundos fines, para pretensiones con respecto a los esposos. No, la alegría que Jesús deja en el corazón es plena y desinteresada. ¡No está nunca aguada!
Os sugiero un ejercicio que puede hacernos mucho bien. Probemos hoy a buscar entre los recuerdos en busca de los signos que el Señor ha realizado en nuestra vida para mostrarnos que nos ama; aquel momento difícil en el que Dios me hizo experimentar su amor… Y preguntémonos: ¿con qué signos, discretos y premurosos, me ha hecho sentir su ternura? ¿Cómo he descubierto su cercanía y me ha quedado en el corazón una gran alegría? Revivamos los momentos en los que hemos experimentado su presencia y la intercesión de María. Que ella, la Madre, que como en Caná está siempre atenta, nos ayude a atesorar los signos de Dios en nuestra vida.
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