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Dos años, siete viajes, más de 240 camiones de ayuda y el corazón partido
(Vatican News).- Desde hace dos años llevo el pin de la bandera de Ucrania para no olvidar que hay guerra, que tantas personas mueren cada día en las dos naciones en conflicto. Hay tantos huérfanos, tantas viudas y tantos heridos. Desde hace dos años me siento ucraniano y sufro con ellos. Desde hace dos años rezo por la paz y cada día, cuando celebro la Santa Misa, hago una pausa de silencio después del Padrenuestro, cuando digo las palabras: "Líbranos Señor de todo mal y concédenos la paz en nuestros días".
Desde hace dos años, rezo todos los días para que los dos presidentes y sus consejeros se sienten en torno a una mesa: eso salvaría vidas. Hasta que no lo hagan, el reguero de muertes continuará.
He estado siete veces en Ucrania en nombre del Santo Padre y he visto lo que nunca debería ocurrir: un hombre matando a otro hombre y un hermano a su hermano. La guerra parece desencadenada por la venganza contra un pueblo que tiene derecho a vivir en paz.
En estos dos largos años también he visto tanta solidaridad, que es increíble.
He conocido a muchas personas de buena voluntad que dedican su tiempo, sus recursos, a ayudar al prójimo, es decir, a millones de refugiados que se han visto obligados a huir de sus hogares a causa de la guerra con una sola bolsa de plástico. Muchas personas de buena voluntad siguen acogiendo en sus casas a refugiados ucranianos. He aquí la segunda cara de la sangrienta guerra, la que da esperanza.
Doy gracias al Señor porque sólo desde Roma, gracias a tantas personas, hemos conseguido enviar más de 240 camiones de ayuda humanitaria a los territorios devastados por la guerra.
Es verdad que toda guerra es una derrota, dice el Papa Francisco.
Es verdad que todos los Estados producen armas, las venden y ganan mucho dinero. Y es igualmente cierto que casi nadie habla de paz, excepto el Santo Padre. Sólo repiten esta frase: "quien quiere la paz debe prepararse para la guerra". Debe comprar armas.
Así que me pregunto: '¿Cuándo reinará la paz en mi corazón? ¿Cuándo puedo convertirme en el hombre capaz de sembrar la paz y conceder la paz?". Personalmente me lleno de paz cuando experimento la misericordia. Cuando después de la confesión mis pecados son perdonados y cuando empiezo a perdonar. En ese momento estoy lleno de paz, una paz que no viene del mundo sino directamente de Dios. En ese momento empiezo a ser su imagen viva.
"Personalmente me lleno de paz cuando experimento la misericordia"
La misericordia es el segundo nombre de Dios, el primero es Amor. El mandamiento más importante nos llama a amar a Dios y al prójimo. La paz no significa sólo apagar el fuego, hacer una tregua, sino revestirse de misericordia, es decir, perdonar y pedir perdón.
Hay que poner a Dios en primer lugar, al prójimo en segundo y al "yo" en tercero, todos antes que yo, todos son más importantes que yo, su vida es más importante que la mía. Quien pone a Dios en primer lugar, Dios que ama la vida, toda vida humana, construye la paz.
"Mañana, desde Santa Sofía, en Roma, saldrá otro camión del Santo Padre con alimentos para el pueblo ucraniano"
Mañana, desde Santa Sofía, en Roma, saldrá otro camión del Santo Padre con alimentos para el pueblo ucraniano. Es una ayuda para la gente agotada por la guerra, pero no desanimada y convencida de que la paz aún es posible.
Debemos apoyarles con la oración, que para los creyentes puede mover montañas, y no digamos detener esta estúpida guerra.
“Señor te pido humildemente el milagro de la paz. Tú que eres Todopoderoso sabes que necesitamos la paz, la paz que sólo tú puedes dar. Haz que los que la promueven perseveren en el bien y los que la obstaculizan encuentren la curación, se reconcilien contigo y con sus hermanos, apartándose del mal, pues toda guerra es siempre una derrota”
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