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"Debemos cuidarnos de las 'cadenas' que sofocan nuestra libertad". Fue el consejo que dio esta mañana el Papa a los fieles que le escuchan en la plaza de San Pedro en su catequesis previa al rezo del ángelus. Desde el balcón apostólico, Francisco puso nombre a algunas de ellas, que, en forma de acciones pueden "apresar nuestro corazón".
"Pienso en las modas dominantes, que nos empujan al perfeccionismo imposible, al consumismo y al hedonismo, que mercantilizan a las personas y desvirtúan sus relaciones. Y también están las tentaciones y los condicionamientos que socavan la autoestima, la serenidad y la capacidad de elegir y amar la vida; está el miedo, que hace mirar al futuro con pesimismo, y la intolerancia, que siempre echa la culpa a los demás; y está la idolatría del poder, que genera conflictos y recurre a las armas que matan o se sirve de la injusticia económica y de la manipulación del pensamiento".
"Jesús libera del poder del mal y -fijémonos bien- ¡nunca dialoga con el diablo! Nosotros, en cambio, dejamos a menudo que sus cadenas nos atenacen hasta que nos hacen demasiado daño, pero entonces es más difícil liberarnos de ellas. Cristo, sin embargo, nos recuerda que con el diablo nunca se negocia".
Pero, "¿qué hacer cuando nos sentimos tentados y oprimidos?", se preguntó el Papa. "Invocar a Jesús: invocarlo allí, donde sentimos que las cadenas del mal y del miedo aprietan con más intensidad", indicó, para, a continuación, formular a los fieles otras preguntas que dejó sin respuesta: "¿Quiero realmente liberarme de esas cadenas que aprisionan mi corazón? Y también, ¿sé decir que "no" a las tentaciones del mal, antes de que se apoderen de mi alma? Por último, ¿invoco a Jesús, le permito que actúe en mí, que me sane por dentro?".
Tras el rezo del ángelus, el Papa -que hizo sitio a su lado a dos jóvenes de la Acción Católica que luego se dirigirían a los presentes pidiendo poner fin a las guerras que asolan el planeta- reclamó el fin de los enfrentamientos en Myanmar, porque "la paz es un camino, por lo que invito a todas las partes involucradas a dar pasos hacia el diálogo y que la guerra en ese país alcance la meta de la reconciliación fraterna".
En este sentido, reclamó "que sea permitido el acceso de las ayudas humanitarias para garantizar lo necesario a cada persona, y que lo mismo ocurra en Oriente Medio, en Palestina, en Israel, en todos los sitios que se combate, y que siempre se respete a las poblaciones".
"Pienso siempre en modo apremiante en las víctimas civiles causadas por la guerra en Ucrania -prosiguió el Papa-. Por favor, que se escuche su grito de paz, el grito de la gente que esta cansada de la violencia y que quiere que se detenga la guerra, que es un desastre para los pueblos y desecha la humanidad".
"Me enteré con alivio de la liberación de las religiosas y demás personas secuestradas en Haití la semana pasada. Pido que sean puestas en libertad todas las personas que están secuestradas y que se termine toda forma de violencia, que todos ofrezcan su propio aporte para el desarrollo pacífico del país, para lo que se necesita un renovado apoyo de la comunidad internacional", añadió el Papa.
Igualmente, Francisco mostró su "cercanía" a la iglesia de Santa María, en Estambul, la capital de Turquía, que esta misma mañana, "durante la misa ha sufrido un ataque armado que ha causado y muerto y diversos heridos".
Finalmente, y tras recordar a los enfermos de lepra, el Papa dio la voz a una de las chicas de la Acción Católica de las parroquias y escuelas católicas de Roma, que le flanqueaban, y que, dirigiéndose "a la ciudad, pero también a todo el mundo", reclamó el fin de las guerras "y nuestro deseo de paz". "El mundo es un don de Dios, no debemos destruirlo con el odio", señaló la joven, quien aseguró que "queremos estar del lado de la paz, intentando apagar, a nuestra pequeña manera, el fuego del odio y de la violencia".
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús liberando a una persona poseída por un "espíritu maligno" (cf. Mc 1,21-28), que la destrozaba y la hacía gritar sin cesar (cf. vv. 23.26). Esto es lo que hace el demonio: quiere poseer para "encadenar nuestras almas". Y debemos cuidarnos de las "cadenas" que sofocan nuestra libertad. Intentemos, pues, poner nombre a algunas de las cadenas que pueden apresar nuestro corazón.
Pienso en las adicciones, que nos hacen esclavos, siempre insatisfechos, y devoran energía, bienes y afectos; pienso en las modas dominantes, que nos empujan al perfeccionismo imposible, al consumismo y al hedonismo, que mercantilizan a las personas y desvirtúan sus relaciones. Y también están las tentaciones y los condicionamientos que socavan la autoestima, la serenidad y la capacidad de elegir y amar la vida; está el miedo, que hace mirar al futuro con pesimismo, y la intolerancia, que siempre echa la culpa a los demás; y está la idolatría del poder, que genera conflictos y recurre a las armas que matan o se sirve de la injusticia económica y de la manipulación del pensamiento.
Jesús vino a liberarnos de todas estas cadenas. Y hoy, al desafío del diablo que le grita: "¿Qué quieres [...]? ¿has venido a arruinarnos?" (v. 24), responde: "¡Cállate, sal de él!" (v. 25). Jesús libera del poder del mal y -fijémonos bien- ¡nunca dialoga con el diablo! Nosotros, en cambio, dejamos a menudo que sus cadenas nos atenacen hasta que nos hacen demasiado daño, pero entonces es más difícil liberarnos de ellas. Cristo, sin embargo, nos recuerda que con el diablo nunca se negocia.
¿Qué podemos hacer entonces cuando nos sentimos tentados y oprimidos? Invocar a Jesús: invocarlo allí, donde sentimos que las cadenas del mal y del miedo aprietan con más intensidad. El Señor, con la fuerza de su Espíritu, quiere repetir al maligno también hoy: "Vete, deja en paz ese corazón, no dividas el mundo, las familias, nuestras comunidades; déjalas vivir en paz, para que florezcan allí los frutos de mi Espíritu, no los del tuyo. Para que reine entre ellos el amor, la alegría, la mansedumbre, y en lugar de la violencia y los gritos de odio, haya libertad y paz, respeto y cuidado hacia todos". Esto es lo que quiere Jesús, y nos confía este sueño de libertad a nosotros, a nuestra vigilancia -para no dialogar con el diablo- y a nuestra oración, que le permite sanarnos.
Preguntémonos entonces: ¿quiero realmente liberarme de esas cadenas que aprisionan mi corazón? Y también, ¿sé decir que "no" a las tentaciones del mal, antes de que se apoderen de mi alma? Por último, ¿invoco a Jesús, le permito que actúe en mí, que me sane por dentro?
Que la Santísima Virgen nos proteja del mal.
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