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El predicador de la Casa Pontificia comienza sus predicaciones de Cuaresma
A partir de las 9.00 de la mañana, en el Aula Pablo VI los Cardenales, Arzobispos, Obispos, Prelados de la Familia Pontificia, con los empleados de la Curia Romana y del Vicariato de Roma y los Superiores generales o los Procuradores de las Órdenes religiosas pertenecientes a la Capilla Pontificia asistieron a la Primera predicación de Cuaresma del Cardenal Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia.
Con el tema general de “¿Quién dices que soy?”, se llevó a cabo la primera predicación de este tiempo litúrgico en el sexto y último día de los ejercicios espirituales del Papa y la Curia Romana, realizados este año de modo individual a causa de la pandemia. Los siguientes sermones se tendrán los viernes 5, 12 y 26 marzo.
El Predicador de la Casa Pontificia comenzó explicando que dedicaba esta primera meditación a una introducción general al tiempo cuaresmal, antes de entrar en el tema específico programado, una vez terminados los ejercicios espirituales de la Curia. Y recordó que en el Evangelio del Primer Domingo de Cuaresma del Año B han escuchado el anuncio programático con el que Jesús inicia su ministerio público: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios se ha acercado; ¡Convertíos y creed en el Evangelio!”. Por esta razón su meditación se basó en este llamamiento de Cristo que es siempre actual.
Al respecto explicó que de conversión se habla en tres momentos o contextos diferentes del Nuevo Testamento. Y dijo que cada vez se resalta un nuevo componente suyo. De manera que esos tres pasajes dan una idea completa de lo que es la metanoia evangélica, a la vez que añadió:
El Cardenal Cantalamessa dijo que la primera conversión es la que resuena al principio de la predicación de Jesús y que se resume en las palabras: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15), parágrafo a partir del cual explicó lo que significa la palabra conversión:
Tras referirse al segundo pasaje en el que, en el Evangelio, se vuelve a hablar de la conversión y en el que entre otras cosas se lee: “En verdad os digo: si no os convertís y nos hacéis como en niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,1-4)., el Predicador afirmó:
En el tercer contexto en el que tiene lugar la invitación a la conversión, el Cardenal predicador dijo que “lo dan las siete cartas a las Iglesias del Apocalipsis”, que “están dirigidas a personas y comunidades que, como nosotros, han vivido durante mucho tiempo la vida cristiana y, más aún, ejercen en ellas un papel de liderazgo”.
Y añadió que, de estas siete cartas del Apocalipsis, “la que sobre todo debería hacernos reflexionar es la carta a la Iglesia de Laodicea”, cuyo tono duro dice: “Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente... Porque eres tibio, no eres ni frío ni caliente, te voy a vomitar de mi boca... Sé celoso y conviértete” (Ap 3, 15s).
Además, el Predicador recordó que “el ejemplo más instructivo de la segunda conversión, de la tibieza al fervor, es santa Teresa de Jesús”, que dijo de sí misma algo “exagerado y dictado por la delicadeza de su conciencia”, que puede servirnos a todos para un examen de conciencia:
Después de destacar que “según el Nuevo Testamento hay una circularidad y una simultaneidad, de modo que, si es cierto que la mortificación es necesaria para alcanzar el fervor del Espíritu, también es cierto que el fervor del Espíritu es necesario para llegar a practicar la mortificación”, el Predicador de la Casa Pontificia aludió a San Ambrosio, “cantor por excelencia, entre los Padres latinos, de la sobria ebriedad del Espíritu”, quien dijo:
Hacia el final de su predicación el Cardenal Cantalamessa afirmó que “el bautismo en el Espíritu ha demostrado ser un medio sencillo y poderoso para renovar la vida de millones de creyentes en casi todas las Iglesias cristianas”. Y concluyó invitando a pedir a la Madre de Dios “que nos obtenga la gracia que obtuvo del Hijo en Caná de Galilea. Por su oración, en aquella ocasión, el agua se convirtió en vino. Pidamos que a través de su intercesión el agua de nuestra tibieza se convierta en el vino de un fervor renovado. El vino que en Pentecostés provocó en los Apóstoles la sobria ebriedad del Espíritu y los hizo fervientes en el Espíritu”.
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