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Nació a finales del siglo III en Nicomedia (en la actual Turquía), donde estaba la corte del emperador Diocleciano, en el seno de una familia distinguida perteneciente al Senado, de padre pagano y madre agnóstica. Su nombre era Illana. Se hace bautizar en secreto y se entrega totalmente a Cristo, desechando el matrimonio.
El joven senador Eleusio quiso casarse con ella y su padre concertó el matrimonio, comprometiendo en ello su honorabilidad, pero Illana puso la condición de que no le aceptaría hasta que llegara a ser juez y prefecto de la ciudad, pensando que de este modo retrasaría la boda. El joven lo logró, pero entonces ella le puso otra condición, que no le aceptaría hasta que se hiciera cristiano. Ante esto, su padre dijo que prefería verla muerta antes que cristiana.
Ante esta negativa por parte de la joven fue encarcelada y sometida a tortura. Finalmente, con 18 años, fue decapitada el 16 de febrero del año 304. Se cuenta que estando en la cárcel se le aparece el demonio bajo la apariencia de un hermoso ángel, para convencerla de que no debía dejar que destruyeran la belleza de su cuerpo. Ella logra desenmascararle y entonces el ángel se convierte en una bestia deforme, a quien la joven hace confesar su perfidia, al echarle al cuello una de las cadenas con las que estaba sujeta, por eso se la representa humillando al monstruo bajo sus pies.
Sus reliquias, una vez lograda la paz de Constantino, comenzaron un peregrinaje y después de muchas vicisitudes y de estar repartidas en varios lugares, parece ser que llegaron a Cantabria, al lugar que hoy conocemos como Santillana (Santa Illana) del Mar, donde reposan en el centro de la Colegiata, en un sepulcro de piedra.
Santa Illana (o Juliana) es venerada tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Ortodoxa.
Es de alabar la firmeza de su fe y el tesón por defenderla, oponiéndose incluso al deseo de su padre. Estas jóvenes llenas de fortaleza y audacia como Juliana y en el naciente cristianismo hay muchas, fueron mujeres de cuerpo entero y sin duda las más auténticas y creíbles defensoras de la dignidad de la mujer y excelentes embajadoras también del mejor feminismo, pues aun siendo muy jóvenes demostraron tener fortaleza y voluntad propia.
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