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¿Se puede esperar algo para la segunda etapa?
Desde que el Papa convocó a un “sínodo de la sinodalidad”, debo confesarlo, mis expectativas eran casi nulas. Quizás deba aclararlo: me parece claramente evangélico y acorde a los signos de los tiempos la sinodalidad eclesial, pero creo que hay un problema de base, un tema fundamental en el hoy eclesial: durante años y más años hemos visto y padecido que la curia vaticana fue forjando una estructura eclesiástica tradicional, conservadora y muy cerrada; una “Iglesia” que se auto-percibió como la verdadera y única iglesia, fuera de la cual no hay eclesialidad.
Esto, que, como sabemos se calificó de invierno eclesial, la vuelta a la gran disciplina y otras imágenes del estilo, no cambia con un simple cambio de Papa, para ser precisos; entiendo que los que creen que terminó el invierno eclesial y estamos en una “primavera” son herederos de una eclesiología solo papal que no comparto. La crisis eclesiástica llevó a cada vez más personas a sentirse ajenos y abandonar la institución, que se iba reforzando, cada vez más, por movimientos y comunidades ultraconservadoras.
A esto se sumaron décadas de nombramientos episcopales monocolores, ajenos a una Iglesia plural y comunidad. Por más que el Papa Francisco haya abierto puertas y ventanas, una inmensa cantidad de “eclesiásticos”, formateados al modo Juanpablista y Benedictino siguen siendo mayoría. ¿Se podría esperar, en este ambiente, una Iglesia abierta y dialogante con el mundo? Se puede pretender escuchar y caminar juntos, pero esto se hará con “estos” que hoy conforman la estructura eclesiástica y que no han abandonado, ni piensan abandonar, el invierno eclesial que no cesa por un simple cambio papal. Caminar con “estos” eclesiásticos ya sabemos “a dónde” nos conduce…
Muchos más años de apertura (y otras aperturas todavía no iniciadas, debemos decirlo) hacen falta acaso para “empatar” con los eclesiásticos dueños de la verdad, señaladores con los dedos, y llenos de “dubia” que no son sino frenos a cualquier mirada o pregunta que quiera enfrentar el mundo, la realidad o la vida.
Para peor, y ya lo hemos vivido, un Concilio (¡nada menos que un concilio!) fue frenado (a partir de un sínodo, debemos recordarlo) con la excusa de la “verdadera interpretación” del mismo. Si los “dueños de la verdad y la ortodoxia” son capaces de hacer eso, ¿cuánto más podrían hacer con un sínodo, si este hubiera sido profético y audaz? Pero no lo fue… como era de esperar…
Por tanto, esto es lo que el sínodo nos dejó. ¿Se puede esperar algo para la segunda etapa? Expectativas e ilusiones no tengo ninguna. Deseos, por supuesto que sí. Pero, si hemos de mirar lo que hoy “tenemos”, pasó un sínodo sin pena ni gloria, una pérdida de tiempo, podríamos decir. Una pérdida de ilusiones, para los que tenían alguna. Y cientos de temas, muchos fundamentales, indispensables y necesarios, siguen esperando en cajones vaticanos. Y, por supuesto, no faltarán los que se pregunten por qué cada vez más tantos y tantas no dan entidad ni atención alguna a lo que la institución eclesiástica diga, como si fuera una voz autorizada e imprescindible. No lo es, y parece no tener ninguna intención de querer serlo…
Foto tomada de https://www.publicdomainpictures.net/es/view-image.php?image=474725&picture=paisaje-de-invierno-cubierto-de-nieve
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