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Discutiendo con el Espíritu
Eduardo de la Serna
A raíz del próximo Sínodo sobre la sinodalidad, se ha propuesto como metodología lo que se ha llamado “Conversación en el Espíritu”. Algunos parecen haber quedado cautivados por este método, y hasta algún osado afirmó que este daba “cristiana sepultura al método Ver – Juzgar – Actuar”.
Señalemos, antes que nada, que cualquier método ha de tener aciertos y a su vez límites, y que – además – puede ser bien o mal usado. Y, además, defensores y detractores. No escapa a nadie que el método Ver – Juzgar – Actuar fue el método utilizado particularmente en América Latina, incluso en las conferencias Episcopales, y que – a raíz del invierno eclesial, y, particularmente impulsado por los “invernadores” se dejó expresamente de lado, por ejemplo, para la asamblea de Santo Domingo, para ser, luego, retomada en Aparecida. Esto me invita a pensar si los intentos de sepultarlo no representan más una perspectiva ideológica y no a que nos encontremos ante un método superador.
Pero mirando la “Conversación en el Espíritu” me atrevo a indicar algunas críticas. No para anularlo, sino para marcar límites que, dentro del método o fuera de él, quizás puedan ser tenidas en cuenta.
Empiezo con algo evidente: es ingenuo. Podemos pensar en la maravilla de la oración y el pedido de recepción del Espíritu en el grupo que está “conversando”, pero, ¿alguien, sensatamente, podría imaginar a Burke, Viganó o los cientos de Agueres episcopales dispuestos a cambiar sus ideológicas convicciones movidos por un espíritu en el que nada indica que crean? Y, en ese caso, el grupo en conversatorio tendrá algunos que creerán firmemente en la escucha del Espíritu mientras otros, en el mismo encuentro, tratando de imponer sus ideas a como dé lugar.
Sigo: la asamblea de Aparecida comenzaba diariamente con la invocación al Espíritu Santo:
Pero pareciera que no quedaron conformes con lo que el Espíritu había inspirado y creado y lo modificaron en escritorios vaticanos.
Avanzo: debate, discusión, acuerdos y desacuerdos ¿para cuándo? Cada quien habla (y escucha) pero no hay debate, no hay acaloramiento, preguntas, respuestas y nuevos desacuerdos… ¿Así se puede avanzar o nos movemos en un ambiente irénico de paz casi celestial y nada histórica?
Finalizo: ¿y nada de praxis? Nos quedaremos en la teoría de haber escuchado a cada participante hablar tres veces, en un sereno clima de oración y cada quién, al finalizar se retira. ¿Obrar? No se plantea (y evaluar todo, tampoco).
Sinceramente, me parece un método que escapa al conflicto, en el que se busca expresamente evitar los debates, y pareciera que termina responsabilizando de todo eso, que puede fácilmente conducir a la nada, al Espíritu Santo.
Debo confesar que cada vez tengo menos expectativas puestas en el Sínodo (y se las sumo a la cantidad de diócesis, de mi país y de otros, en los que no se hizo absolutamente nada; ¿clericalismo? Poder episcopal? ¿ideología? ¿desidia?). Se hace un Instrumentum Laboris y después, tres peritos hacen una síntesis de lo que ellos interpretan como principal (vista la pereza reinante, todo indica que esta síntesis servirá para que no se lea el instrumentum)… Así, decenas de cosas que fueron planteadas ya no aparecen en el instrumentum; algunas planteadas en el Instrumentum se invisibilizan en la síntesis… El rol ministerial de las mujeres es un excelente ejemplo de eso: muchos grupos pidieron el pleno acceso de las mujeres al ministerio ordenado; el Instrumentum solo destaca, y sin excesivo énfasis, la posibilidad de diaconado femenino, y la síntesis lo relega aún más y plantea "otros ministerios para las mujeres" (sic, sic, sic). ¿El espíritu? ¡Te lo debo! Hace muchos años le escuché decir a un viejo cura: "el Espíritu Santo empolla los huevos que le ponen"; quizás de eso se trate.
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