Comentario a las lecturas del domingo 27º C
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Empollando
Eduardo de la Serna
Hace muchos años, un cura, que era famoso por sus luchas para que los laicos sean escuchados, se quejaba – ante una consulta – porque no había habido tiempo para hablar del tema en las comunidades. Era cierto, pero yo le pregunté ¿eso no corre el riesgo de que queremos que se escuche a la gente que piensa como nosotros? Se sonrió, y si bien los rostros no deben ser interpretados, me pareció como que decía “así es… así debe ser”, o algo semejante.
Vaya esto como anécdota, simplemente. La Iglesia universal está en camino sinodal. ¡Bien por ello! Coincido con aquel que ha dicho que, si la Iglesia no es sinodal, ¡no es Iglesia! Las conferencias episcopales eligen – de acuerdo al número de sus miembros – los obispos que participarán en el encuentro (lista que debe ser aprobada en Roma ¿? ¿cómo? ¿por qué? ¿y eso?). El Papa (los Papas) tiene, además, la capacidad (derecho, autoridad, libertad) de elegir participantes a dedo (basta mirar los elegidos por el papa Benito para participar en Aparecida – además de los elegidos por cada conferencia – como para ponerse en estado de alerta). Es decir: además de los que participarán por derecho propio (aunque alguno pueda ser vetado ab initio), el Papa puede elegir (¡elige!) una lista indeterminada de participantes. ¡A dedo!
Es decir, vamos a consultar, escuchar y dialogar (= sínodo) con aquellos que nosotros elegimos, para que nos digan lo que nosotros preguntamos (no más) … No me parece demasiado sinodal eso.
Si se eligieran – por poner un ejemplo – un X número de profesores elegidos por los profesores, de provinciales elegidos por los provinciales, religiosos o religiosas elegidos por sus pares, etc. creo que la cosa sería distinta… Pero ver los nombres, ¡siempre los mismos nombres!, me hacen preguntarme por qué debería esperar algo novedoso, creativo, positivo… ¿Por qué debería creer que el espíritu sopla en esos caminos preestablecidos y no dónde a él/ella se le ocurre? Al fin y al cabo, se repite el dicho de un viejo cura conocido, que ya está en la Pascua: “el Espíritu Santo empolla los huevos que le ponen”.
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