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Que no se entere la abuela

Se trata de una experiencia vivida recientemente en una Pascua familiar que animo hace más de 15 años: 70 niños, más sus padres, más un cura amigo y 9 monitores fantásticos. Estaba yo muy contenta de lo bien que estaba aplicando el “diseño estratégico de retirada y cesión de paso” que tanto he predicado a mi generación (pasar a otros responsabilidades y organización, prever que las cosas sigan adelante aunque ya no estemos, practicar el principio “Toma tú la delantera por si te rompes la cadera”).

Pero una cosa es lo que decides y otra lo que sientes y se me ha hecho evidente en mi reacción ante un suceso imprevisto: un percance serio de comportamiento de dos adolescentes desencadenó el protocolo de emergencia (intervención de los educadores, diálogo con los niños y con sus padres, aplicación de sanciones…), y de todo eso me enteré bastantes horas después.

La explicación era convincente: habían querido ahorrarme un mal rato. Una parte de mí agradecía haberme quedado fuera del conflicto porque soy de natural pacífico; pero, a la vez, sentí el sobresalto de encontrarme en una situación que me pillaba desprevenida: había entrado en la categoría de “abuela-a-la-que-hay-que-ahorrarle-disgustos”.

La verdad es que me gustó poquísimo aunque no dije ni mu, fiel a mi decisión de evitar ser una vieja gruñona y quisquillosa.

Pasado el tiempo y como sigo empeñada en entrar con buen pie en esta nueva etapa vital, ahí van estos pareados un tanto ramplones que dedico a mis colegas de la generación senior, por si se encuentran en situaciones parecidas:

No te quejes al menguar y aprende pronto a soltar.

Humor y cierta elegancia dan a la vejez su gracia.

Ni figurar ni mandar: ¡qué buen vino el del final!

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