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Arrebatos

Henoc trataba con el Señor y después desapareció porque el Señor se lo llevó” (Gen 5,24); “Elías fue arrebatado por un torbellino” (2 Re 2,11); “Yo no era profeta ni hijo de profeta pero el Señor me agarró…” (Am 7,14); “Sé de un cristiano que hace catorce años fue arrebatado al paraíso…”(2Co 12, 4); “El Espíritu de Señor arrebató a Felipe”(He 8,39)…

Como para los autores de la Biblia ni los personajes ni las palabras están bajo arresto domiciliario y circulan por ella con libertad, no tienen problema ninguno a la hora de atribuir directamente a Dios esa acción de arrebatar, agarrar, tomar o apoderarse de alguien. Los sujetos pacientes no ofrecen resistencia y no se les da más opción que encajar sin más la situación a la que han sido trasladados.

Hay arrebatos hoy de los que nos enteramos todos: Müller se ha quedado sin prefectura, Errejón sin portavocía, Hillary sin presidencia…Otros se viven en la esfera de lo privado: una relación que se rompe, la salud que se quebranta, un cambio que sobresalta, una ausencia que se impone. En cada caso y aunque sea en talla S porque hoy somos más asustadizos y melindrosos, cuando llegan esas avalanchas inesperadas que interrumpen el fluir de nuestra vida, se nos descoloca el paisaje vital, y decimos que necesitamos tiempo para encajarlas y – ojo a la palabra sagrada -, procesarlas.

En un precioso poema de Rainer M. Rilke que cito de memoria, cuando María llega al cielo nadie se da cuenta y ella se queda en un rincón, contenta de permanecer en ese último lugar que considera el suyo y desde el que contempla embelesada la gloria de su Hijo. (Quizá estaba necesitando tiempo para despertar poco a poco de su dormición, para respirar el aire de la nueva Tierra, para acostumbrarse a la Luz…). Pero pronto un ángel la descubre, da la voz de alarma y acuden todos en tropel para conducirla a lo más alto.

Qué suerte poder contar con ella, Señora del Buen Arrebato y Madre de Descolocados, como compañera de nuestros procesos y guía de nuestros tránsitos.

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