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LO SAGRADO NOS ABRAZA Y NOS TRANSFORMA
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¿Qué quiere decir, exactamente, esta fiesta a la que se nos convoca?
La cruz no estaba en el plan de Dios. El plan de la insistencia divina, porque las cosas no venían bien entre las y los humanos. El plan era el del Reino: un Reino de paz, de amor, de hermanas y hermanos. De felicidad en el disfrute de esta tierra divina y generosa.
Pero las cosas, de nuevo, no anduvieron bien. El miedo de algunos y algunas se convirtió en odio y destrucción de quienes aparecen como amenazantes. Crucificadores y odiadores no estaban en el plan de Dios: sucedieron. Desde Herodes hasta nuestros días, quienes tienen algún poder, temen perderlo y no encuentran mejor manera de conservarlo que la de eliminar a quienes amenazan su posesión, sus posesiones.
La cruz que sucedió, aunque no estaba en el plan de Dios, nos identifica hoy como cristianos y cristianas comprometidas en la tarea de insistir por un Reino de Paz y Bien, donde las cruces se vuelvan livianas porque se comparte su carga. Por eso tenemos que estar alertas en no pisar el palito de responder a la violencia con más violencia: de dejarnos seducir con la guerra, la muerte, como alternativa de solución de nuestras cruces. Dios no se hizo uno de nosotres para morir y morir crucificado, sino para insistir en que otro modo de ser y de convivir es posible.
No sabemos qué sucede en este inmenso universo maravilloso: sólo conocemos los gozos y las esperanzas, pero, también, las angustias y los dolores de tantas y tantos y tan largamente… a lo ancho del planeta y a lo largo de nuestra historia… Quienes se animan a seducirse por el plan de Dios son capaces de milagros de sanación. La samaritana que corre a anunciar maravillas novedosas y a cambiar su vida lo hace porque alguien maravilloso, un judío que “no debía” ni dirigirle la palabra… un poderoso capaz de milagros, le pide a ella, sí, a ella, que le dé de beber: él tiene sed y ella tiene un balde y sabe sacar agua.
Gandhi, moribundo por su ayuno, recibe a un compañero de su pueblo que llora porque ha asesinado a un musulmán que deja huérfano a un pequeño hijito. Y le responde diciendo que debe adoptar a ese niño como su hijo y ocuparse de que sea un buen musulmán. El mismo hombre que había dicho que leyendo el Evangelio se entusiasmó por el cristianismo, pero que viendo a cristianos y cristianas en sus acciones renunció a ser parte de ese pueblo.
Hoy volvemos a ser desafiados y desafiadas a compartir las cruces, que no queremos, pero que existen. Pero no para crucificar a los crucificadores, sino para aliviar la carga y compartir un Reino nuevo, de paz y de bien. De justicia. De vida. Hoy se nos pide una paciencia infinita y renovada: la de quienes tienen la esperanza cierta de que Dios se ocupa y se interesa. E insiste. La esperanza cierta de que encontraremos caminos nuevos. Y poderosos. Liberadores.
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