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LO SAGRADO NOS ABRAZA Y NOS TRANSFORMA
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En este tiempo de Gracia y Bendición, se nos ha invitado a mirar con corazón y ojos de mujer a través de la infinidad de boquetes de Esperanza, cómo los define Yolita Olivera. Boquetes de Esperanza, que a lo mejor, por ser pequeñas hendijas pasan desapercibidas.
Este itinerario espiritual ha sido un recorrido silencioso por la galería de estos boquetes: Mirar a las comunidades de los Pueblos originarios, hacer fiesta porque han tenido una buena pesca, para preparar el almuerzo después de un día de trabajo comunitario. Ver a las mujeres reír, mientras amasan el queso fresco que les dará un dinerito, para comprar la sal, la manteca y la panela. Mirar un país esperanzado en un mañana mejor que se reúne en pequeños comités de debate y reflexión, para tomar decisiones que ayuden al Pueblo y vayan en favor del bien común.
He visto por estas pequeñas hendijas, el contraste entre la codicia y el consumo irresponsable de las grandes urbes, con la belleza exuberante de la Selva amazónica llena de pájaros, monos, iguanas, serpientes y mariposas...flores de diversas formas, colores y aromas... ríos caudalosos y cantarines, que llenan el Ser de una paz y una alegría que no se puede comprar con ninguna moneda.
He visto por estos pequeños boquetes, animadores y animadoras que con paciencia, amor y confianza, siguen sembrando, abonando y ayudando a crecer la vida nueva en sus comunidades. También he mirado por estos boquetes de Esperanza, con el corazón apretado y las rodillas vacilantes, a las mujeres buscadoras de sus seres queridos desaparecidos... por la muerte, el horror y la violencia.
He visto lágrimas de alivio en los rostros serenos al ver los restos de sus hijos, hijas, maridos... que se han encontrado y pueden darle una despedida digna. Conmueve cuándo alguien les dice: ¡Mujeres ahí tienen a sus hijos! Mujeres de México, Colombia... buscadoras de la Verdad resistiendo en la esperanza.
Veo por estas hendijas, a las mujeres que siguen tejiendo e hilando pensamiento; que siguen remando hacia sus chagras a cosechar el plátano y la yuca, para alimentar a su familia. Veo mujeres resilientes, trabajadoras, de manos callosas y ojos brillantes. Y, en estos meses de caminar despacio y en silencio en algunos Pueblos originarios, he visto niñas madres: Mujercitas amamantando sus semillas. Y pienso en la niña mujer que querían apedrear; hoy, quizá no se apedree, pero a veces se juzga, porque se mal interpreta su legado cultural: el don valioso de dar vida nueva. Ellas, valoran la vida y aman el fruto de sus entrañas con actitud compasiva.
Doy gracias a Dios Madre Padre por ustedes querida familia de hermanas y compañeras de camino, por ser un boquete de luz y esperanza, para que continuemos caminando el Reinado de Jesús de Nazareth, y podamos proclamar: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
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