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Teología y caricia: Un logos encarnado
“Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret”. Verbum Domini, #12
La palabra es génesis, prólogo de todo lo verdaderamente humano. La dinámica del logos desborda todo concepto, rompe todo solipsismo y nos abre al horizonte de lo nuestro. Palabra es el primer aliento, también será el último. Habitar la palabra es dejar que su amparo nos cubra, allí se entiende que la vida no es solo juntar letras; implica: gesto, cercanía, afectación, curación. Todo lenguaje verdadero acaricia, llena la existencia de una profunda intimidad que brota de labios hablantes. Acariciar, aquí está la cumbre de toda el habla humana.
La teología ha olvidado acariciar, es decir, acercarse a la herida del mundo y del ser humano. Por eso resulta distante, anacrónica, obsoleta, caduca. La obsesión desmedida por estrecharla en los límites de “discursos fuertes”, ha hecho que su construcción sea muy prolifera y fecunda, pero a un costo muy alto. El costo que debe pagar la teología para mantener su status es: una palabra fría, muy bien escrita de acuerdo a los cánones metodológicos del presente, confrontada con los más finos problemas tradicionales, pero encerrada en los vericuetos académicos muchas veces incapaces de realidad. Letra exquisita, hilada con la más aguda inteligencia, pero aislada de caricia y abrigo para quien la escucha.
La experiencia teológica brotará siempre de un encuentro con la Palabra, no solo la de Dios, sino también la nuestra, mejor aún, en la nuestra que ha sido su diálogo (Cfr. Dei Verbum # 2, 11, 12). Es necesario pasar de la letra (Sagrada Escritura) a la Palabra (Vida y ser humano), en la cual la letra puede seguir siendo voz en nuestro presente. Así, la dinámica del acontecer de Dios no quedará reducido a un escenario mágico e inentendible, sino, provocador de la existencia capaz de carne. En este sentir, es necesario dejar hablar a Josep María Esquirol, es filósofo, por eso capaz de mirada aguda, sencilla y libre. Quiero tomar unas letras de su texto: Humano, más humano. Una antropología de la herida infinita. Nos hace mucho bien lo que dice, me atrevo a colocar la palabra teología junto a su pensamiento:
La filosofía (teología) debe ser intrínsecamente pobre. La lujosa es demasiado obesa o demasiado fría o demasiado pretenciosa o demasiado aparentemente cínica. Hay filosofías (teologías) aristocráticas que no muestran ningún tipo de compasión; filosofías (teologías) academicistas que no vibran -no viven- por nada; filosofías (teologías) voraces que, en lugar de señalar el infinito o bien lo ignoran o bien presumen de habérselo tragado; filosofías (teologías) al servicio de dogmas e ideologías… ¿son, de verdad, filosofías (teologías)? (p.18).
Volver a la palabra capaz de caricia reivindica la teología en este presente. Acariciar es la forma más bella de pobreza, en ella no se da nada, en ella se entrega todo. La caricia de la teología es diakonía a la Palabra, pronunciada y escrita, que tiene rostro e historia compartida. Es asumir la realidad, no describirla y juzgarla. El teólogo pronuncia una palabra que lo ha precedido y lo ha refugiado, allí vive diálogo y gesto, realidades necesarias para ser capaz de caricia (Cfr. Mc 16,7). El preludio de toda sanción es el tacto, sanar es tocar, así lo ha entendido Jesús: “Él extendió la mano y le tocó diciendo: Lo quiero, queda sano. Y en ese instante se sanó de la lepra” (Mt 8,3). Herida y caricia, he aquí la tarea profética de la teología en nuestro tiempo.
La fecundidad argumentativa de la teología es innegable, basta mirar la historia para saber que lo construido es una bella herencia (Tradición) en la cual somos acogidos. Somos “recién llegados” a la vida teológica, siempre lo seremos. Nuestra genuina condición implica estar abiertos a la escucha. El argumentar oportuno de la teología no está en la simple elucubración, es, ante todo: “dulzura y respeto”. Así lo evoca la primera carta de Pedro 3, 15-16: “Al contrario, den culto al Señor, Cristo, en su interior, siempre dispuestos a dar respuesta a quien les pida razón de su esperanza. Pero háganlo con dulzura y respeto”.
La auténtica razón siempre desemboca en caricia humana. El que argumenta de verdad no se impone, no pisotea, no degrada. Lo decía Spinoza: “Quien se esfuerza en guiar a los demás según la razón, no obra por impulso, sino con humildad y benignidad”. Despojada de la pretensión de dar palabras totales y conclusivas, la teología se sitúa en su dinámica de kénosis (Cfr. Flp 2, 5-11), aquí permanece abierta a la profundidad de la experiencia, la única realidad capaz de transformar a un ser humano. Lenguaje transgresor, no el de las epistemologías fuertes, sino el de la cercanía sencilla que brota de trasegar la intimidad. Benedetti lo ha dicho: “La caricia es un lenguaje, si tus caricias me hablan, no quisiera que se callen”.
"El que argumenta de verdad no se impone, no pisotea, no degrada"
Heridos de infinito y al mismo tiempo curadores de la herida, este es el teólogo, el que construye un diálogo que cura al dejarse atravesar él mismo la existencia. Una bella obra de Goya lo puede expresar mejor: “Goya a su médico Arrieta” - 1820. Enuncio la explicación que hace Joan-Carles Mèlich sobre el cuadro:
El médico le acompaña. Se ocupa de él, no solo con la medicina que le da con la mano derecha, sino también con la mano izquierda, que le abraza. Con la derecha aguanta un vaso. Es la mano que sana. Pero Arrieta también tiene mano izquierda. Una mano que descansa, con una (leve) presión, sobre el hombro del pintor. Esta ya no sana, cura. Con su mano izquierda el médico se preocupa de Goya, le acompaña. Sanar no es curar. Curar es ocuparse del otro, atenderlo, situarse a una distancia adecuada (La prosa de la vida, p. 107).
La legitimación de la teología como palabra verdadera, pasará por la capacidad de caricia que la vincule estrechamente a todo lo humano. Abandonar discursos fuertes y fríos, y entrar en la fragilidad del mundo donde todos somos compañeros de camino, menesterosos y ávidos de caricia. Su profundidad académica no solo vibrará en las elucubraciones investigativas, es, ante todo, aceptar su tarea de ser “mano izquierda” para todo el que decida transitarla. El teólogo es samaritano de la palabra herida, palabra que es rostro y carga sobre sí para siempre.
"La legitimación de la teología como palabra verdadera, pasará por la capacidad de caricia que la vincule estrechamente a todo lo humano"
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