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¿Hasta dónde somos capaces de hacer el mal afectando la vida de toda una sociedad? (Sal 36,3-4) ¿Es tal la indolencia frente a lo que vivimos que hemos perdido la capacidad de asombro y escándalo? (Is 32,6) ¿Es que ya no hay «quien clame por la justicia ni hable con verdad»? (Is 59,4).
En la época de Jesús, como en la nuestra, muchos apostaban por la muerte de quienes denunciaban los problemas sociales (Mt 23,34). ¿Será que no queremos la paz? (Lc 19,42). Hemos perdido la capacidad de vincularnos con los sucesos irracionales que acontecen en nuestro entorno, incluso, los consideramos «normales». ¿Tendremos que resignarnos?
El reto está en discernir nuestro modo de relacionarnos. Necesitamos consolidar un «corazón nuevo» (Ez 11,19) para poder construir «nuevos cielos y nueva tierra» (Is 65,17), donde nadie muera de hambre, no haya tráfico de seres humanos, los ancianos lleguen felices a sus últimos días y todos tengan casa y alimento. Un mundo así será posible cuando nos podamos sentar «todos», amigos y enemigos, en una misma mesa, para reconocernos «sujetos», y dejar de tratarnos como «objetos» y «desconocidos».
La práctica de Jesús nos muestra que sí es posible. Él vive un estilo de vida que es válido para cualquier persona porque fraterniza, va más allá de las propias creencias religiosas (Lc 17,18-19) y adhesiones políticas (Lc 7,9). En él encontramos el paradigma de un modo de ser donde no hay cabida para la indolencia sociopolítica ni los prejuicios morales. Él trata al otro compasivamente, sin odio ni violencia, con generosidad y sirviendo la causa del necesitado (Lc 6,27-36).
Por ello debemos discernir nuestra vinculación con lo social. Jesús usa la analogía de una «nueva familia» formada por todos aquellos que «escuchan la palabra» y la «viven» (Lc 8,21). ¿Qué significa esto? ¿Es acaso una propuesta para creyentes? No. Es descubrir en su acción el modo más excelso de ser humano. Sus «palabras» son signos de una nueva humanidad que busca «hacerse real» en cada uno (St 1,21-22), más allá de la religión, porque pretenden fraternizar a la humanidad entera (Rom 8,29).
«Un corazón nuevo» con «nuevos cielos y nueva tierra» donde podamos habitar como una «nueva familia», son símbolos que animan a crear vínculos reales para que no reine más la indolencia, ni exista la falta de compasión. Es apostar por una comunidad humana no biológica sostenida en la solidaridad fraterna y el bien común, donde todos luchemos por promocionar la reconciliación antes que la exclusión. Así, Dios encuentra esperanza en nosotros cuando nos vinculamos con los pobres, las víctimas y los enfermos. Luchando por su causa, y sirviéndolos, sacaremos lo mejor que tenemos y esta creación hallará futuro.
Cuando no reinen la desidia y la resignación, y comencemos a caminar hacia la reconciliación, podremos decir con esperanza: «ya no habrá muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas» (Ap 21,4).
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