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La cultura política judía practicada por Herodes el Grande se caracterizó por la sumisión absoluta al César, produciendo una verdadera idolatría al depositar en una sola persona el poder absoluto al que se debía servir. Los profetas lo criticaron y distintos movimientos religiosos lo rechazaron, por considerar que estaba traicionando la soberanía del Dios vivo y verdadero, Yahveh, vendiéndose a los romanos para así mantenerse en el mando. Jesús mismo le recordó a sus discípulos que «los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero no así entre ustedes, sino que el mayor sea como el más joven, y el que gobierna como el que sirve» (Lc 22,25). Colaboracionismo, sumisión, bienhechuría, dádivas: todas estas formas de relacionarse no representan el deseo más querido por el Dios de Jesús para sus hijos.
Si el Reino de César no es querido por Dios, ¿cómo entiende Jesús el Reino de Dios? No se trata de un estado privado de vida espiritual o de cosas, como pueden ofrecer las instituciones políticas y religiosas. Es un estado de relaciones, es decir, un modo fraterno de estar solidariamente cada uno respecto de los demás, sin imposiciones ni violencias, y un modo filial de tratar a Dios con confianza como el único absoluto en nuestras vidas.
Así, relaciones como la solidaridad, la compasión, el servicio, la sanación de corazones aún no reconciliados, el dar de comer al hambriento y apostar por las víctimas, entre otras, son relaciones que expresan acciones proféticas de resistencia a los regímenes políticos. El Reino es indicativo del modo de estar en el mundo según lo quiere Dios para todos, y no para unos pocos pertenecientes a un partido político o a una religión.
No estamos ante una utopía política, ni ante la búsqueda del hombre nuevo. Eso llevaría a nuevas formas de idolatría, promovidas por gobiernos neototalitarios. Para evitar esto, Jesús le asigna un nombre a Dios: él es el Padre, el único al que nos podemos adherir en una relación absoluta. Todos somos sus hijos por igual. Y esto libera al hombre de toda veneración por los poderes despóticos e idólatras.
No se puede ser cristiano sin discernir sobre el estado de cosas que conforman la realidad social, política, económica y religiosa de hoy. ¿Absolutizo a cierta persona, a un modelo económico, a una ideología política, al dinero? Hemos de conseguir las respuestas. Conocemos muy poco a Jesús y se nos ha enseñado a un Dios que no es Padre único, por lo que caemos en la tentación de trasladar esta relación absoluta y eterna a personas a las que públicamente se les manifiesta una adhesión absoluta, aun más allá de esta vida. Eso se llama idolatría. Reconocerlo implica redescubrir la praxis de Jesús, tan mal interpretada por autoridades religiosas y tan manipulada por líderes políticos.
@rafluciani
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