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Retomar el hilo de la liturgia: una nueva etapa en el camino del Evangelio
Cuando hace cuatro años Marco Travaglio me pidió que escribiera cada semana para Il Fatto Quotidiano un comentario sobre el Evangelio del domingo, debo admitir que mi respuesta fue un rotundo «no». Lo repetí al menos dos veces. A la tercera petición, me pregunté realmente si mi negativa tenía una razón seria o no. Era un reto: escribir sobre el Evangelio para un público que no imaginaba vinculado a contextos eclesiales específicos, sino más bien ajeno a ellos. Comprendí que tenía que releer los Evangelios como si fuera la primera vez y trabajar duro en el lenguaje. El reto me gustó, me apasionó, y acepté contar a Cristo como un «personaje en busca de autor». Antes incluso de «explicar», intenté dejar que el texto hablara. Dejar que sucediera.
Así seguí el ciclo litúrgico durante tres años, dejando que las lecturas de la misa dominical marcaran el ritmo y el orden. Luego, a partir del 28 de abril de 2024, decidí suspender el hilo litúrgico para emprender un camino más directo: una lectura continua del Evangelio según Marcos. ¿Por qué esta elección?
Me pareció necesario, después de tantos cuadros de rompecabezas, dar un paso atrás y mirar la composición en su totalidad. Ya no una serie de fragmentos iluminadores, sino un relato único, tenso, que siguiera los pasos de Jesús sin saltos ni montajes litúrgicos. Quise devolver a Marcos su voz narrativa, seca y densísima, sobria, esencial y cargada de espacios en blanco. Su Evangelio es un montaje rápido, que no da tregua. Su fuerza reside en la sustracción: una forma de narración que dice más con lo que omite que con lo que muestra. De este modo, el lector se ve obligado a llenar los vacíos, a convertirse él mismo en parte activa del relato. El silencio, lo no dicho, se convierten en lugares habitables para la imaginación.
En este tiempo —desde el 28 de abril de 2024 hasta la semana pasada— me ha parecido urgente volver a la materia prima del relato, a la forma casi primitiva de la narración evangélica. Marcos es el más antiguo, el más rápido, el más enigmático de los evangelistas. Es el Evangelio del asombro y del terror, de las preguntas sin respuesta. Basta pensar en el verdadero final de su texto, que se cierra con las mujeres huyendo del sepulcro, mudas por el miedo. Un final que es un comienzo.
Ahora, sin embargo, una vez terminada la lectura de Marcos, siento que es hora de retomar el hilo de la liturgia y volver a comentar el Evangelio del domingo para avanzar por otro camino. El marcado por el año litúrgico, que no es solo un «programa» de lecturas, sino un tiempo que vuelve sin repetirse. Una espiral, no un círculo. Volver al comentario de las lecturas dominicales significa volver a escuchar la Palabra tal y como la propone la Iglesia católica en su pedagogía milenaria: asociaciones sorprendentes, resonancias inesperadas, pasajes oscuros que se iluminan entre sí. La mía ha sido siempre una lectura narrativa, un relato que no exige fe, salvo la que se pide a cualquier lector ante cualquier historia que lee.
Porque la liturgia no es solo un orden de textos: es un tejido de expectativas y realizaciones que cualquiera —creyente, no creyente, creyente de cualquier religión— puede experimentar en su propia piel. Y así, a partir de hoy, el camino continúa. Vuelvo a la liturgia dominical como a una oferta de significados, consciente de que cada paso es también un desvío, cada palabra una invitación, cada comentario una pregunta abierta.
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