"Parece que Jesús sugiere que la identidad nace de la carencia, no de la posesión"
"La parábola es una representación dramática y teatral de la desigualdad. Y de su consecuencia última: el abismo"
"Lo salvaje y lo sagrado no se repelen"
Un viento que sopla: esto es lo que Marcos (1,12-13) nos hace imaginar. Porque el viento se ve aunque no tenga espesor ni sea un objeto. Se ve porque se mueve, arrastra, empuja. El viento es el espíritu que impulsa con fuerza a Jesús en el desierto. El espíritu no se puede tocar, pero es perceptible porque imparte movimiento a lo que arrastra. El viento no mueve piedras, sino ramas y hojas. Jesús es siempre tan resuelto, pero ahora descubrimos que es dócil al viento que le mueve desde dentro, y siente su atracción. Está como arrojado, expulsado: así lo escribe Marcos. No se balancea, no, sino que se deja llevar, siguiendo una fuerza que reconoce. Su decisión coincide con la dirección impresa con fuerza en sus pies.
El cielo y la tierra se tocan, y el Espíritu, como el viento, se adhiere a la escena del desierto: su irrupción compone un poderoso drama para la imaginación. Y allí en el desierto -lugar de prueba y de oración- permanece Jesús durante cuarenta largos días. Huye de la gente, pero sobre todo de cualquier posible triunfalismo mesiánico. Y está solo. No sabemos nada de cómo vivió Jesús aquella soledad extrema, qué conciencia maduró de sí mismo, de su misión, cómo trató su cuerpo, su hambre, su sueño.
"Me senté en lo alto de un relieve calvo. A mi alrededor no había nada que ver, aparte del espacio, ni acontecimientos que percibir, aparte del puro paso del tiempo. Me abrazaba las rodillas... Dentro de mí no me encontraba a mí mismo, sino más, mucho más, un mar de lava fundida, una infinitud móvil y cambiante en la que no oía palabras, voces ni discursos, sino que experimentaba una sensación nueva, terrible, gigantesca, única, inagotable...": así se lo imagina Eric-Emmanuel Schmitt.
Marcos introduce de repente otra presencia: Satanás. Jesús y el diablo se enfrentan en el desierto. El terrible escenario, sin embargo, sólo merece aquí una mera mención. No se profundiza en la tentación. No sabemos más que esto: que Satanás le tienta, como podría tentar a un ser humano normal. El Hijo de Dios no es un superhombre. Hay una reserva en este cara a cara que es el drama de la historia, la síntesis de todas las oposiciones, la polarización máxima, la tensión metafísica que, como un relámpago, se descarga sobre esta tierra nuestra.
Fieras y ángeles: ahora vemos la escena poblada de estas criaturas. El Hijo de Dios no está solo, pues, sino reconfortado por su presencia. Jesús convive con ellas. No con animales domésticos, sino con fieras: zorros, lobos, chacales, hienas... y ángeles. Hay una profunda diferencia entre los salvajes y los malvados. No hay ser domesticado que lo acompañe. Es la bestia justa, no la domesticada, la que puede albergar la presencia de lo divino en esa condición aniquilada de soledad y tentación. No hay gatito, ni perro fiel ni loro que se hagan eco de sus palabras: sólo fieras y presencias angélicas.
Junto a él sólo admite la garra rapaz y el toque divino: ¿se parecen en algo? La imagen es extraordinaria y sobrecogedora. El ángel no es una criatura doméstica porque lleva la presencia y la palabra de Dios que tiene poder profético. Lo salvaje y lo sagrado no se repelen. De hecho, Marcos nos dice que Jesús es "servido" por los ángeles, pero "vive" con las bestias: son dos cosas muy distintas. Hay, pues, una solidaridad y una familiaridad entre lo divino y lo salvaje que a menudo se nos escapa, acostumbrados como estamos a relegar lo divino a la calma, la quietud, el orden y la seguridad.
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