"Parece que Jesús sugiere que la identidad nace de la carencia, no de la posesión"
"La parábola es una representación dramática y teatral de la desigualdad. Y de su consecuencia última: el abismo"
"La pasión por la casa de Dios es como un fuego que me consume"
El objetivo de Juan (2:13-25) encuadra a Jesús ascendiendo hacia Jerusalén. Podemos imaginar sus pasos solitarios, pero la toma es muy rápida. Le vemos inmediatamente en el templo, en el llamado "patio de los gentiles", la parte del recinto donde también podían entrar los extranjeros. El caos irrumpe de repente en la escena: los bueyes braman, las ovejas balan, las palomas atrapadas hacen oír sus gritos guturales: es el sonido de un mercado que satura la escena. Se desarrolla el ajetreo del comercio de animales para sacrificios, para alabanza de Dios.
Vemos la escena subjetivamente a través de los ojos de Jesús. Es un plano lateral que pasa revista a las bestias y se detiene en unos hombres sentados al margen contando dinero: los cambistas. Los peregrinos, venidos de las regiones de Palestina y de los lugares de la diáspora, tenían que cambiar sus monedas por la prescrita. Es el caos para lo sagrado, la religión convertida en mercado. La oración se ve desbordada por el bazar. Dios se compra.
Juan no entra en la psicología de Jesús. El objetivo gira ahora y se fija con un zoom rápido en sus manos que están tejiendo cuerdas. Jesús está fabricando con sus divinas manos humanas un látigo. Y rápidamente vemos ese azote de Dios cayendo sobre todo. Con ese rudimentario artilugio se lanza sobre hombres y bestias por igual. Es el pandemónium desatado por un solo hombre. Todos huyen: su ira debió de ser de una violencia sin precedentes.
Jesús, fuera de sí, consigue expulsar "a todos del templo". El alboroto se agudiza por el tintineo de las monedas que caen sobre el suelo empedrado del patio desde los bancos que Jesús vuelca gritando: "¡Sacad de aquí estas cosas y no hagáis de la casa de mi Padre un mercado!". La casa del Padre, de la libre devoción y del afecto, de la eternidad y de la filiación, se había convertido en el lugar del intercambio comercial, del interés, del lucro. Los discípulos contemplan la escena de locura ardiente y recuerdan un salmo que dice: "La pasión por la casa de Dios es como un fuego que me consume".
Entonces intervienen las autoridades y los miembros del Sanedrín, pero de forma cautelosa, circunspecta. No interviene la fuerza pública para sofocar el caos, sino una pregunta ingeniosa, una provocación sutil, una petición plausible: "¿Qué señal nos muestras para hacer estas cosas?". En definitiva, le preguntan qué derecho tiene a comportarse así: tendría que realizar un milagro capaz de demostrar que no se trataba del arrebato de un loco, sino de una acción que revelara que actuaba en nombre de Dios, como él afirma, al actuar dentro del recinto del templo.
Es un desafío que exige una escalada de tensión: ¿eres un loco o un profeta? ¡Que Jesús nos sorprenda ahora con una actuación! En el momento de mayor tentación, ¡que muestre lo que realmente es! Y Jesús, como siempre, evita la exigencia de un triunfo descarado. El suyo es un poder diferente, desnudo precisamente porque es absoluto. Responde crípticamente: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré". Se refiere al templo de su cuerpo, anunciando su resurrección, su victoria sobre la muerte. Dice la verdad de tal manera que puede ser malinterpretada, confundiendo la inteligencia de los astutos.
Todo termina ahí. Pero Juan nos dice que, mientras está en Jerusalén, Jesús realiza milagros, razón por la que muchos creyeron en él. Y, sin embargo, Jesús no se fía de estos nuevos creyentes, porque "sabía lo que hay en el hombre", su sed de fascinación, asombro y triunfo, de exhibición milagrosa que no es amor, no es confianza, sino que sólo responde al deseo blasfemo del hombre fuerte. El rey de reyes está desnudo.
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