"Parece que Jesús sugiere que la identidad nace de la carencia, no de la posesión"
"La parábola es una representación dramática y teatral de la desigualdad. Y de su consecuencia última: el abismo"
"Y representa a todos los cristianos que alardean de la cruz para imponerla"
«Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?», había preguntado Jesús a sus discípulos. Simón Pedro había respondido sin vacilar: «Tú eres el Cristo». Era un reconocimiento fundamental el del discípulo. Llegados a este punto, cabría esperar asombro, alegría, excitación, sensación de victoria, entusiasmo. Pero no. Marcos nos dice (8:31-39) que Jesús cambia de tono: empieza a explicar algo a sus discípulos. ¿El qué? «Que el Hijo del Hombre tenía que padecer mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser muerto y, al cabo de tres días, resucitar». Esto abre el camino que será el camino de la cruz. Es cierto que, al final, Jesús habla de una «resurrección», pero no queda claro de qué se trata.
Pero los discípulos no tienen oídos para estas últimas palabras, y se sienten profundamente turbados. Es como saber que están en el lado correcto, que son el equipo ganador, ellos ese grupito de ahí... y luego verse sumidos en un abismo. Delante de ellos está la muerte de Cristo, ¡del Mesías! Algo absurdo, inaudito. Debieron de hacer una pausa, preñados de tensión, como ocurre cuando los sueños y el entusiasmo se desvanecen de repente.
Jesús pronunció este discurso abiertamente, sin pelos en la lengua. Pedro, entonces, -¡sí, él! - se lo llevó aparte. Jesús habla abiertamente y Pedro quiere que lo haga dentro. No quiere aclaraciones, no: Pedro quiere «reprender» a Jesús. También esto es inaudito: el discípulo reprende al maestro. Pedro reprende a Jesús por haber elegido el camino equivocado, por no haber entendido cómo funciona: él se lleva la gloria, el éxito, el triunfo de su misión, y también los que están con él. No el sufrimiento y la muerte que corresponden a los perdedores. Jesús se vuelve hacia él y hacia los discípulos.
Evidentemente, mientras Pedro hablaba, miraba a otra parte. Así que los ojos de Pedro no vieron los de Jesús: no habrían mantenido su intensidad, tal vez. Y Jesús estalla: «¡Apártate de mí, Satanás! Porque no piensas según Dios, sino según los hombres».
Pedro, el «bienaventurado» es ahora Pedro el «Satanás», el tentador. El mismo Pedro que había tenido una revelación del Padre sobre la identidad mesiánica de Jesús, y que había sido puesto como piedra fundamental de la Iglesia. La mirada de Pedro se nubla de humillación, pero también de ambiguos reflejos luciferinos. La imaginación se esfuerza por pensarlo. La tensión es muy alta.
Pedro está tentando a Jesús con el artero espejismo del éxito, del poder. Y representa a todos los cristianos que alardean de la cruz para imponerla, para hacer prevalecer la lógica del compromiso con el poder, de la voluntad de prevalecer. También ellos son «Satanás». Pedro está en crisis: su imagen de Dios se derrumba. Jesús aparta ahora los ojos de Pedro y mira a todos los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará»
«Si alguno quiere venir en pos de mí...": ¿qué habían hecho hasta ahora los suyos sino ir en pos de él? Pero ahora Jesús se encontraba en una encrucijada: había sido reconocido como el Mesías, y ya no podía correr el riesgo de que la lógica del éxito mundano les nublara la mente. Así, ataca frontalmente el deseo de los discípulos de «salvar sus vidas», de hacer que sus vidas tengan éxito, un deseo que puede estar dentro de nuestras mejores intenciones. Y les pregunta a todos: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su propia vida?». El camino de Dios pasa por otra parte. Para los discípulos ya nada será como antes.
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