"Parece que Jesús sugiere que la identidad nace de la carencia, no de la posesión"
"La parábola es una representación dramática y teatral de la desigualdad. Y de su consecuencia última: el abismo"
"Su traición no es un gesto improvisado. Pero tampoco es un plan preciso"
«Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a los jefes de los sacerdotes para entregarles a Jesús», escribe Marcos (14, 10-21). «Entregar», por lo tanto, como un paquete, una cosa. Es un verbo neutro. Judas entregó a su amigo, a su Maestro, a los jefes. Marcos no añade palabras de indignación ni de ira. El relato es frío, sin patetismo, y por eso aún más duro.
Los que escuchan las palabras de Judas «se alegraron y prometieron darle dinero». El jefe es siempre el que tiene el dinero, el que puede recompensar al corrupto. Marcos no entra en los razonamientos de Judas, no explica sus motivos, sus ilusiones, sus decepciones, su rencor. No sabemos nada de por qué suceden los hechos: solo constatamos que suceden. Sin embargo, sabemos que, en un momento dado, Judas comienza a reflexionar sobre «cómo entregarlo en el momento oportuno». Por lo tanto, su traición no es un gesto improvisado. Pero tampoco es un plan preciso, fruto de una mente obsesiva. De hecho, trata de entender cómo llevar a cabo la traición en el mejor momento. Estamos en plena novela, en pleno thriller. ¿Conseguirá Judas su plan?
Las tramas permanecen en el suspense de un cambio de escena repentino. Llegamos al primer día de los Ázimos, cuando se sacrifica la Pascua. Oímos la voz de los discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a preparar la Pascua?». Es la pregunta que le hacen a su Maestro. ¿Adónde vamos? ¿Qué hacemos? ¿Cómo lo celebramos? Así, por un lado, el relato nos mantiene en suspenso con tramas oscuras, de muerte, de traición; por otro, nos hace imaginar la alegría por la fiesta inminente.
Jesús envía a dos de sus discípulos, diciendo: «Id a la ciudad y os saldrá un hombre con una jarra de agua; seguidlo». La respuesta no tiene ninguna relación con la pregunta y hace que la situación sea inquietante. Los discípulos deben seguir a un hombre. La señal de que se trata de la persona correcta es el hecho de que lleva una jarra en la mano. Es él quien vendrá hacia ellos. Pero no tiene ningún papel en la historia, porque solo es alguien que indica el camino. «Donde entre —continúa Jesús—, decid al dueño de la casa: «El Maestro dice: ¿Dónde está la sala en la que puedo comer la Pascua con mis discípulos?»». El dueño, como si ya lo supiera todo, sube las escaleras y muestra a los discípulos una gran sala, amueblada y ya preparada. Es en esta sala donde deben preparar la cena.
Los discípulos fueron y, entrando en la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua. El guión es perfecto. Todo está en orden, todo es como estaba previsto. Si no fuera por ese suspense que nos acompaña, y que es como una espada de Damocles sobre este ambiente festivo donde todo parece tan preciso como el guión de una película con final feliz.
Llega la noche. Jesús llega con los Doce, por lo tanto también con Judas. Las dos historias, la clara y la oscura, se entrelazan. Nosotros lo sabemos: la escena podría ser la del crimen. Pero ¿cuándo? ¿Cómo? Están sentados a la mesa y comen. ¿Hablan? Imaginemos que sí. Marcos, en un momento dado, escribe que Jesús dice algo. Da a entender que se crea expectación: «Uno de vosotros, el que come conmigo, me traicionará».
Jesús lo sabe, pues. Sabe que se encuentra en la escena del crimen y lo revela. Los suyos comienzan a entristecerse y a decirle, uno tras otro: «¿Soy yo?». La pregunta se convierte en un eco que resuena en la sala, pero de repente Marcos hace un rápido zoom, mientras Jesús responde: «el que pone conmigo la mano en el plato». Nuestra imaginación nos hace ver la mano de Jesús y la de Judas cerca, a punto de mojarla en la salsa: una instantánea. ¿Se ha frustrado el plan? ¿La víctima es el detective? ¿Podemos estar tranquilos, entonces?
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