"Parece que Jesús sugiere que la identidad nace de la carencia, no de la posesión"
"La parábola es una representación dramática y teatral de la desigualdad. Y de su consecuencia última: el abismo"
"La curación, pues, fue progresiva, no instantánea. Y así es también cómo se producen los milagros"
Jesús y sus seguidores llegaron a Betsaida, una aldea situada 2 km al norte del lago de Genesaret: era el pueblo de Pedro, Andrés y Felipe. Jesús recorre caminos y pueblos que tienen nombre: el suyo no es un camino abstracto y, por tanto, se puede seguir en un mapa.
La gente viene hacia él. Con ellos va un hombre al que hay que llevar de la mano: es ciego. Los que le acompañan ruegan a Jesús que le toque. Un ciego no puede entrar en relación con una mirada: no tiene posibilidad de un entendimiento cara a cara. La relación puede pasar por la voz y sus tonos, pero aquí los amigos del ciego sienten que eso no basta: hace falta el tacto, piel con piel. El contacto más primitivo es más fuerte que el verbal, fónico.
Jesús coge al ciego de la mano. Tal vez podría haberse limitado a tenderle la mano y darle una palmadita en el hombro o una caricia y ya está. Al fin y al cabo, eso era lo que se le pedía a Jesús: «¡Tócale!». No, Jesús toma con su mano la mano del ciego. Lo toma y lo guía. Marcos (8,22-26) nos muestra que ahora los dos caminan juntos. ¿Adónde van? Fuera del pueblo, es decir, fuera de la vista de los demás que nos ven. Vemos a los dos, de la mano, abandonando la escena: los vemos alejarse sin decirse nada. Los ojos de la gente que nos ve son incómodos, quizá también los nuestros, ya que leemos sobre ellos y los seguimos en nuestra imaginación.
Marcos nos cuenta en directo lo que sucede, rompiendo la intimidad: Jesús deja gotear de su boca un poco de saliva: no el aliento de la palabra, de la predicación, sino el líquido acuoso de sus glándulas. Lo toma en sus manos y lo unta en los ojos del ciego. No sabemos lo que siente el ciego al sentir ese líquido viscoso que le lava los ojos. Las manos suben entonces para imponerse sobre su cabeza.
Sólo ahora Jesús abre la boca y pregunta al ciego: «¿Ves algo?». Jesús pregunta, como queriendo saber cuál es el efecto de su gesto, y si realmente ha ocurrido algo. No le hace un examen de la vista, no le somete a un riguroso examen oftalmológico, sino que le pregunta si se le han abierto los sentidos, si ve «algo» de la realidad que cae ante sus ojos. El ciego los levanta. Hasta entonces los había mantenido bajos porque eran inútiles.
Ahora levanta la cabeza: y esto es un milagro. Su vida cambia. Responde: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles que caminan». El sentido que se abre agudiza la imaginación y proyecta una visión de árboles que se mueven en la escena. El árbol no camina, así que deben de ser hombres, se dice el ciego. La vista no se recupera del todo, pero el vínculo con la realidad se recupera a través de la imaginación.
Entonces Jesús vuelve a ponerle las manos sobre los ojos. Al soltar las manos de Jesús, el ciego «vio claramente y quedó sano». Ahora, nos dice Marcos, «lo veía todo a distancia». La prueba de la curación, pues, es la visión clara a distancia. Ahora la prueba optométrica está certificada.
La curación, pues, fue progresiva, no instantánea. Y así es también cómo se producen los milagros: con una progresión que no lo exige todo y de inmediato, sino que da tiempo para la adaptación, deja espacio para la adquisición gradual del cambio.
Jesús envía a casa al ciego ya curado con una petición precisa y decisiva: «Ni siquiera entres en la aldea». Tal vez los que le habían llevado hasta Jesús seguían allí, la gente esperando. Pero aquel gesto tan íntimo y eficaz de manos y saliva debía permanecer en secreto, fuera de las noticias, de la sociedad del espectáculo, de los relatos edificantes.
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