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Eran las tres de la mañana del pasado martes cuando el padre Ángel recibió una llamada. Ydijo que sí. A los pocos minutos, el sacerdote se dirigía a la parroquia '24 horas' de San Antón, donde le esperaba una familia de refugiados nigerianos, que había sido retenida en Barajas. Sin papeles, y también sin sitio en los centros públicos, el Samur Social los había dejado en la puerta de la iglesia madrileña.
“No tenían dónde quedarse, y desde hace dos noches duermen en mi despacho”, nos cuenta el presidente de Mensajeros de la Paz. “San Antón sigue siendo el Belén donde llegan los que no encuentran posada”, afirma el religioso, entre orgulloso por la reacción de los profesionales y usuarios de San Antón, e indignado por la falta de respuesta de las autoridades.
Se trata de un matrimonio, con dos hijos, de tres años y cuatro meses. “Mientras seguimos hablando de barcos en el Mediterráneo, de Salvini, de puertos no acogedores, aquí, en la meseta, en el centro de Madrid, tienen que venir a quedarse a un despacho porque no tienen sitio. Espero que no se le ocurra a nadie venir a desahuciarles de la Sacristía. Ya sería la repera”.
La realidad es tan dura como nos la cuenta el padre Ángel, y nos corrobora Natalia, trabajadora social del centro de San Antón. “Esta familia vive en un limbo jurídico. Y como estamos en verano y no hay plazas disponibles, ni posibilidad de pagarles un hotel, el Samur Social y la Policía les dejan en San Antón”, explica. “Pese a las críticas de los vecinos, e incluso de las autoridades, que a veces dicen que la parroquia no es lugar de alojamiento, cuando vienen los problemas, los derivan a San Antón”.
Desde hace dos días, la familia duerme en el despacho del padre Ángel. No saben castellano, ni inglés, y apenas chapurrean francés. En los próximos días, alguien les buscará un traductor para conocer exactamente su situación, más allá del deseo de huir de una realidad y ofrecer una vida mejor para sus pequeños. Por el momento, Mensajeros se ha hecho cargo tanto de su alojamiento como de la manutención o los pañales del pequeño.
“Es una absoluta dejación de responsabilidad”, denuncia Natalia. No es la única. Los profesionales se han encontrado a personas sin hogar, enfermas de cáncer, reposando tras una sesión de quimioterapia en los bancos de la parroquia. “Las ambulancias les dejan allí”, lamenta la trabajadora social. “Al menos, los hospitales públicos nos avisan antes. Pero algunas clínicas de gestión privada ni eso. Se lavan las manos y derivan a San Antón”. Los centros de acogida están repletos, y las asociaciones miran hacia otro lado.
“Hay altas hospitalarias de personas sin papeles o sin hogar que se firman con el destino a San Antón, porque saben que aquí les acogemos lo mejor que podemos”
, denuncia el padre Ángel, que lamenta que las instituciones públicas no se pongan manos a la obra y hagan algo.
“Nosotros seguiremos atendiendo a todo el que lo necesite, aunque luego los mismos que nos envían a estas personas nos critiquen”, zanja el religioso, antes de irse a dar el desayuno a la familia y jugar un poco con el precioso bebé, ya convertido en uno más de la gran familia de San Antón.
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