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Cáritas deuncia esta situación inhumana que tendrá graves consevuencias
(Cáritas Madrid).- “Mamá, ¿ya ha vuelto la luz?”, esta pregunta es la que los niños y las niñas de la Cañada Real hicieron durante meses al bajarse del autobús que les traía del colegio. Pero la esperanza tiene sus limitaciones y hace ya tiempo que esa ilusión ha desaparecido incluso de la siempre optimista mente de alguien que a duras penas puede cargar con la mochila de un recién estrenado curso en educación primaria.
Este barrio, al igual que otros muchos de todo el mundo, se estaba preparando para afrontar la vuelta a la ¿normalidad?, una vez superados los momentos más duros de la pandemia, pero el 2 de octubre de 2020, la Cañada se apagó.
Ya en la situación de confinamiento se evidenciaban las carencias estructurales del territorio, fundamentalmente del sector 6, donde existen zonas con escasa conectividad, tanto de acceso a Internet como de cobertura de telefonía, por lo que cientos de menores apenas pudieron tener contacto durante meses con su centro educativo.
Lejos de solucionarse, el apagón solo empeoró la situación. Donde antes había un problema de conectividad ahora lo había -lo hay- también de falta de iluminación, frío, imposibilidad de tener agua caliente para cumplir unos mínimos de aseo personal y, con ello, la vergüenza de ir al cole en esas condiciones.
La pandemia y la falta de electricidad están provocando que sean ya casi dos años en los que muchos chicos habrán perdido, y eso a medio y largo plazo tendrá graves consecuencias en sus procesos formativos, emocionales y vitales.
Tristeza, desesperación, impotencia, sensación de abandono, frustración y, por desgracia, resignación, son algunas de las sensaciones que las familias están experimentando. Son sensaciones que se ven reflejadas en sus caras y en su lucha desesperada en un combate contra el frío que está perdido de antemano. Porque el frío irá a más, y sus fuerzas a menos.
Miedo, vergüenza, dolor y oscuridad persiguen a menores que viven en la Cañada entre capas y capas de mantas para poder dormir, velas para poder estudiar y estufas para poder jugar.
Así nos lo cuenta una joven vecina de 19 años residente en la Cañada Real, y que participa desde 2011 en los proyectos de menores de Cáritas Diocesana de Madrid en la Cañada Real Galiana:” Toda mi vida me he sentido diferente al resto de mis amigos y compañeros, los cuales no vivían en la Cañada. Pero por aquel entonces aún sentía que tenía cosas en común con ellos: por ejemplo, un hogar en el que me gustaba estar. Todo eso cambia el día en el que se va la luz, el día en el cual volver a casa te supone un agobio, y el día en el cual te das cuenta de que no vas a tener una vida igual que el resto. Vivir sin luz ha supuesto para mí perder la esperanza de poder tener una vida como el resto de las personas”
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