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La parroquia de Santa Anna, llena para dar el último adiós a la religiosa
A pesar de que en enero un médico alertó al círculo íntimo de la religiosa Viqui Molins que se fuera preparando para su inminente despedida, “todavía nos regaló unos días más, antes de morir, su energía contagiosa”, tal como explicaba el desenlace de la monja teresiana el sacerdote Peio Sánchez este pasado lunes.
Desde uno de los bancos de la parroquia de Santa Anna de Barcelona y antes de que se iniciara una ceremonia que servía para dar el último adiós a Molins en un templo que se quedaba pequeño por la avalancha de ciudadanos que participaban, el presbítero admitía que continuaba en una nube, de donde todavía no ha podido bajar.
“Todavía no hemos podido llorar como querríamos su muerte [el pasado jueves 20 de febrero] por la sucesión de acontecimientos, en muy pocos días, que nos ha tocado organizar”, destacaba quien, al recibir el anuncio hace unas semanas de su más que posible muerte, se avanzó a los difíciles acontecimientos: “Cuando el médico ya nos decía que era cuestión de horas, llevé una imagen de Viqui Molins a una imprenta para poderla tener en dimensiones más grandes, previendo utilizarla a su funeral”, rememoraba. “Pero Molins se recuperó y, viendo una ligera mejora en ella, le decidí regalar la imagen“, señalaba.
La imagen, capturada por la teresiana Pilar Rodríguez y en que se muestra una Viqui Molins abrazando un joven marroquí a quien acompañó antes y después de estar encarcelado, presidía este lunes una ceremonia cívica en Santa Anna que fue más multitudinaria de lo que se había previsto. Desde el conseller de Justicia y Calidad Democrática, Ramon Espadaler, hasta Vanesa García, quien vive en la calle desde los dieciocho años y es una de las primeras personas que accedió al comedor del Hospital de Campaña [el 2017], acompañaron en los primeros bancos del templo a Montserrat Molins, hermana de la religiosa, y a toda la familia de monjas, recién llegados, inmigrantes, voluntarios y trabajadores sociales que creó Viqui Molins.
Mientras la religiosa recibía visitas en el hospital, “donde ya reconocía que el traje del cuerpo no la sujetaba lo suficiente y que su alma tenía menos aguante”, en palabras de Sánchez, tuvo tiempo para fotografiarse con casi todos los jóvenes que viven en los pisos gestionados por la Fundación Viqui Molins (“llena de tubos por todas partes, pero joyosa y llena de alegría“, explicaba el rector) y para pensar en su despedida: “No podíamos ni podemos negarnos a su mandato, y, por eso, la hacemos aquí, en la parroquia de los pobres y no en otro templo más grande de la ciudad”, revelaba Peio Sánchez. “Ya nos hablaba del encuentro entre Jesús y su ferviente seguidora, María Magdalena, y de cómo ella se sentía cerca de su esposo”, añadía el sacerdote.
La llama —”que ahora es antorcha”, en palabras de Sánchez— dejada por Molins en Barcelona es lo que para toda la comunidad de esta parroquia se pretende continuar manteniendo: “Heredamos un tesoro en forma de energía, mientras ella continuará presente y observándonos desde algún rincón de este templo”, aseveraba este sacerdote, que, ya como maestro de ceremonias, presentaba encima del presbiterio varios grupos de personas “tocadas por la magia de Viqui“, como se definían algunas de ellas, y era una de las voces que cantaban la primera canción dedicada a la religiosa, creada por el también presbítero Xavier Morlans.
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