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Han pasado casi tres años desde que la oscuridad de la guerra se posó sobre Ucrania. Tres años en los que cada noche es un infierno, en los que el rugir de las alarmas y los ataques con misiles se convierte en una siniestra banda sonora para quienes solo desean vivir en paz.
Tres años en los que el frío, más cruel que nunca, cala en los huesos y en el alma, como si quisiera recordarnos que incluso el calor de la esperanza puede ser desafiado.
El enemigo no descansa. Sus ataques se ceban contra la población civil, destruyendo hogares, vidas, sueños.l, infraestructuras.
Sin embargo, no han logrado destruir el espíritu de este pueblo valiente, que sigue aferrándose a su deseo más sagrado: ser libre.
Las noches son largas, los días pesados, y el cansancio parece haberse convertido en un compañero inseparable. Pero en medio del sufrimiento, hay algo que no muere: la vocación de libertad, esa llama que arde incluso en un invierno feroz.
La guerra nos muestra su rostro más cruel, pero también nos revela la increíble fortaleza de quienes, a pesar de todo, no se rinden. Es un recordatorio de que, por más oscura que sea la noche, siempre habrá quienes elijan levantarse al amanecer, quienes elijan reconstruir, quienes elijan amar.
Como dijo el Papa Francisco: “Que se depongan las armas y prevalezca la paz. Que se evite una escalada del sufrimiento y se abra el camino del diálogo y la reconciliación.”
Sus palabras resuenan con urgencia en nuestros corazones.
No podemos permitir que este drama continúe. No podemos permanecer indiferentes ante el clamor de un pueblo que sufre
No podemos permitir que este drama continúe. No podemos permanecer indiferentes ante el clamor de un pueblo que sufre.
A pesar de todo, y por encima de todo, seguiremos ayudando.
No abandonaremos a Ucrania en esta lucha por su libertad y su dignidad. Porque su lucha es también nuestra lucha. Es el llamado a no rendirse, a no permitir que la indiferencia nos convierta en cómplices del sufrimiento.
Hoy, más que nunca, alzamos nuestra voz por la paz, por la justicia, por un alto al fuego. Por un futuro donde las generaciones venideras recuerden no solo el dolor, sino también la solidaridad y la esperanza que los unió. Porque, al final, la libertad siempre tendrá un precio, pero nunca dejará de valerlo.
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