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"Si hicieran un día huelga de brazos caídos, la esperanza de los pobres se debilitaría"
Si ellos y ellas, los que aman la vida y la quieren rescatar allá donde se ve amenazada, gobernaran el mundo: desparecería la estafa, la corrupción y las prebendas. Porque ellos trabajan mucho, dan su tiempo y sus esfuerzos, y lo hacen a cambio de nada. “Amo porque amo y amo para amar” decía San Bernardo y éste sería el motivo de su acción constante, gratuita y cotidiana.
Si ellos y ellas dejaran de existir, la humanidad perdería un gran activo, y seguramente sería menos humana y en la tierra habría más dolor y menos posibilidades de que el caído encuentre una mano extendida, el pobre una ayuda para salir de su postración y los heridos en las márgenes del camino, un consuelo y un motivo de esperanza para ponerse de pie y poder vivir con dignidad.
Si ellos y ellas: los voluntarios y voluntarias, que encarnan y viven la “compasión” que es la pasión compartida por la humanidad, hicieran un día huelga de brazos caídos, la esperanza de los pobres se debilitaría y el mundo sería más frio y menos humano.
Ellos y ellas son los “obreros de la mies” que tal vez sin “etiquetas” y sin alardes de grandezas ni proselitismos interesados, lo dan todo a cambio de nada.
Ellos y ellas, los voluntarios, que seguramente hoy celebraran su día trabajando y dándolo todo, son un signo de esperanza en medio de la oscuridad de un mundo lleno de intereses, en el que los que ”obran por servir” traicionan a los que les mantienen, y los que lo hacen todo gratuitamente -voluntariamente- se convierten en una luz que ilumina la oscuridad y las tinieblas.
Ellos y ellas son los que vendan las heridas de los golpeados por la vida y por las injusticias que hay en el camino; ellos y ellas son los que consuelan cuando hay desconsuelo, y los que alivian el dolor cuando se vive el abandono y la enfermedad.
Ellos son las manos de Dios que construye un mundo en el que la justicia puede avanzar
Ellos y ellas son los “evangelizadores”, los portadores de la Buena Noticia, que hablan sin abrir la boca, pero que gritan al mundo con sus gestos y actitudes, que el único poder para transformar el mundo es el del amor que se hace servicio. Ellos y ellas son “los practicantes del amor”, los creyentes que facilitan el creer en la humanidad; los que ayudan a levantar la mirada del polvo y los que nos permiten descubrir que la bondad existe y que Dios está en sus manos, en su tiempo, en sus gestos, en sus vidas.
Para ellos y para ellas; para los voluntarios y voluntarias, para los que hacen creíble el amor, nuestro homenaje, reconocimiento y admiración. Ellos son las manos de Dios que construye un mundo en el que la justicia puede avanzar.
Ellos y ellas son el rostro del Emanuel, del Dios con nosotros, que nos llama y nos envía para humanizar la humanidad, para practicar la proximidad y para construir los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habiten la justicia y la paz.
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